lunes, 14 de junio de 2010

¿La muerte del narrador?

¿Sobre qué escribir? Asunto peliagudo. En un mundo gobernado por la estupidez y la omnipresente simulación, ¿qué puede aportar un escritor? ¿Cuál es el motivo por el que uno desearía interrumpir a unos actores y subir al escenario en el que transcurre su obra? ¿No sería mejor incorporarse a ella? Ser un payaso que intenta hacer reír al resto de payasos, por ejemplo. Un narrador resulta tan prescindible en la actualidad como la vigorexia de un héroe homérico en un mozalbete de La Moraleja. Como la inteligencia, incluso. Ayuno de troyas, el musculado maromo usará su escultural cuerpo para levantar pesas y lucir figura en gimnasios y playas de moda. Habiendo renunciado a los asuntos de relevancia, la inteligencia se demora en menudencias y bizantinismos, como la cola de un pavo real reciclada en plumero de búcaros taiwaneses. Al narrador sólo le queda aquello de lo que no puede disponer la maquinaria mediática, aquello que siempre se llamó anecdótico (lo que no se daba a publicar), el microcosmos donde anidan los pequeños gestos, las ocurrencias que refracta la conciencia y la pulsión benefactora de lo íntimo.