miércoles, 6 de octubre de 2010

El olvido del 'ser artista'

Alfred Jarry describe en su Gestas y opiniones del doctor Faustroll una extraña máquina ubicada en el Palacio de las Máquinas de París. La ‘máquina de pintar’, un diseño del pintor Henri Rousseau, estaría fabricada de elementos inmateriales y se encargaría de cubrir de manchas los lienzos en ausencia del ser humano. Porque, todavía no lo hemos dicho, la tarea de dicha máquina sería la de producir arte en un mundo donde ya no quedase ningún ser humano y los alrededores de dicho palacio no fuesen sino un amontonadero de escombros. Sin duda la máquina de Rousseau que es la máquina de Jarry representa como ningún otro artefacto la culminación del destino de occidente, el dominio absoluto de la técnica, el gestellen heideggeriano llevado al último extremo, donde la disposición de las cosas (ya no seres, ya no ‘entes’) hubiese prescindido del último destinatario: el hombre. Podemos ver en la máquina de Rousseau la cifra del destino de la metafísica del arte: el olvido del ‘ser artista’, el arte convertido en un automatismo capaz de prescindir del autor (algo que ya sugiere Mallarmé en su alegato a favor del azar en Un coup de dés -¿qué es el azar sino un modo aparentemente trascendente de prescindencia autorial?- y que llega hasta el shooting into the corner de Anish Kapoor). Sin duda este olvido del ‘ser artista’ no es sino una sinécdoque de la matraca heideggeriana del olvido del ser, una matraca que es el ruido de fondo de la ontología de al menos el último siglo. El artista replica a pequeña escala y de modo secularizado la cuestión teológica del dios trascendente alejado de su creación. Sólo era cuestión de dejar pasar el tiempo, el secreto de todos los contagios, incluso de los contagios poéticos. Digamos que el dios trascendente es al artista como el mundo es a la obra de arte. El hombre se retira del arte y abandona la producción de la obra a un automatismo (llámese azar, cut-up, algoritmo o liso y llano -programado, eso sí- zambombazo) para dedicarse placenteramente a su contemplación, del mismo modo que el dios trascendente contempla su creación desde la comodidad de su trono celestial, como si el destino del ser no fuese sino algo tan prosaico y humano como la vagancia. La técnica se ha revelado como el medio de conseguir que las cosas hagan cosas a las cosas. El arte es un producto más de esta cadena de la que el hombre ha dimitido para mejor poder contemplarla. Tarea cumplida. Well done. Con un par. Somos la hostia.


2 comentarios:

Dani Deseus dijo...

Muy bueno lo de "la matraca" heideggeriana del olvido del ser. Y cómo ha "contagiado", en el contexto capitalista, el discurso y la práctica artística...
Estaría bien que confrontaras este punto de vista con el contexto de Oriente (vamos que a mí me gustaría leer sobre esa cuestión...
Por cierto, el seminario que acabas de anunciar parece muy atractivo, y te digo lo mismo que otro de tus amigos: ponnos al día, si es posible, a los que no tenemos la oportunidad de participar en él...

hautor dijo...

Hola, Dani. Sin ser un especialista en el arte oriental, el automatismo al que allí se aspira tiene que ver con el de la repetición. Sólo a través de esa repetición se logra la maestría, momento en el que se produce la disolución del yo y puede atribuirse la obra, por ejemplo, a algo tan vagamente metafísico como es 'el tao'. Es curioso cómo el automatismo, el que la obra se produzca 'sola', casi siempre se confía a algo como puede ser el subconsciente (escritura automática), el azar (cut-up), un algoritmo mecánico (máquina de pintar de Rousseau) o 'el tao'. Tras todas estas actitudes hay una común dejación o dimisión del sujeto artístico en aras de algo que lo supera. Creo que se trata de una deriva romántica que ha sido territorializada por la metáfora del capital (el sujeto, al menos un sujeto fuerte y con cierta autonomía, supone una resistencia a la libre transmisión de los deseos promovidos por el capitalismo globalizado) como algo con existencia propia. Es difícil no dejarse seducir por los cantos de sirena de la disolución. Hay que agarrarse muy bien al mástil.