jueves, 4 de diciembre de 2008

Yo no soy ése que tú te creías...

Hay que ver y escuchar al señor Piqué, respondiendo a las preguntas sobre el informe ‘secreto’ acerca de los vuelos a Guantánamo desde territorio patrio que él es que ahora trabaja para la empresa privada. Como si me ponen una denuncia por saltarme un semáforo en rojo y cuando me llega la multa alego que acabo de cambiar de trabajo, o que me he cortado las uñas (¿pero no lo ve usté?). Esto de la pérdida postmoderna del yo tiene sus inconvenientes. Yo creía que el sujeto político poseía un yo fuerte, moderno, ilustrado, de una pieza; que un político era –como se dice- un personaje de destino. Para el resto de oficios estamos los mindundis, los que poseemos un yo ‘débil’, los que nunca seremos políticos ni formaremos parte de un club que nos admita como miembros.



Ya lo decía Keats, que el poeta no es nadie para poder ser todas las cosas. Pero, que yo sepa, el señor Piqué no era poeta cuando ocupaba el ministerio de exteriores, ni lo ha devenido más tarde. Yo creo que, para ciertas personas, el yo debería tener una fecha de caducidad mínima (un par de decenios, digamos), antes de que ese yo prescriba definitivamente. Claro, que es que algunos yoes, en cuanto pasan unos días, apestan y dan ganas de tirarlos a la basura.

1 comentario:

123456789at dijo...

Antes de nada disculpas por cambiar de nuevo de nick, algo he aprendido ya, quizá algún día el otro sobrenombre lo vuelva a sentir mío pero ahora no saben como reniego de él, así como de tener que escribir aquí donde jamás tenía que haber entrado. De nuevo, una vez más, la última, espero.

¿Cómo explicar lo inexplicable?, ¿Cómo hacer creíble lo increíble?, ¿quizá cuando el resultado parece aún más increíble?, ¿quizá siendo absolutamente sincero, más si cabe?, ¿simple, como hasta ahora?, no lo sé pero lo voy a intentar.

Ante lo que estoy intuyendo (apenas) que está pasando, que ya ha pasado, he de aclarar de forma urgente dos cosas:

1- Hace apenas una hora o poco más (y son ahora las 23:29 PM del Domingo 7 de Diciembre de 2008) he caído en la cuenta de quién, quizá (y ni siquiera tengo la certeza aún) podía ser mi interlocutor dialéctico en estos extraños y duros días pasados. Ha ocurrido mientras daba cuenta de algo ligero y leía mi periódico de casi todos los días desde hace unos veinte años, especialmente los domingos, en que es para casi una ceremonia hacerlo desde la primera, a la última página. En mi mente había imaginado a mi interlocutor como un joven de unos treinta y pocos años, como el de una de las fotos que había, rodeada del intenso color que llena la página.

2- La única persona, la única, y lo juro (y para mi jurar es muy serio) cuyo nombre real conocía de antemano y hasta hace un rato era el autor de este blog. Ahora intuyo alguno más, y quizá tienen que ver más de lo que parece en esta historia.

Y ahora le pido a usted, lector, que si no ha creído lo que acabo de decir, ni cree que voy ha ser absolutamente sincero y riguroso en lo que voy a tratar de explicar a continuación no merece su tiempo seguir leyendo, sobre todo usted, siempre usted, el que ahora mismo lee.

Ayer vino parte de mi familia a verme a mi temporal destierro en estas tierras en que habito en la soledad de un apartamento y tras una comida en que además de disfrutar de los manjares de esta tierra absorbí todo el cariño del que estaba tan necesitado, paseamos tranquilamente y sosegadamente por la orilla del mar. Este mar sereno al que habitualmente accedo en coche pero al que está vez llegamos en un autobús de línea, y subido en él no dejé de acordarme, precisamente ayer, que antes se llegaba a esa playa en hermosos autobuses de hierro que sobre los mismos hierros corrían (ahora han vuelto, pero son ya excesivamente nuevos, los dejo ya para los hijos que aún sueño tener algún día, yo prefiero el autobús y sobre todo la nostalgia de esos otros en los que no tuve la suerte transitar y que alguien me enseñó a amar).

Hoy, ya ayer cuando escribo, hemos acudido a ver peces bajo la tierra de cuatro blancos edificios que miran a ese mismo mar, y en la atestada cola del bar de los bocadillos un señor se ha girado a mi al oír mi conversación con un familiar y sin venir mucho a cuento ha comenzado a quejarse de cómo es esclavo de sus hijos y de cómo se siente tiranizado por ellos, yo le he respondido, precisamente hoy, hablándole de Mozart, de unas manos que quieren asirlo y otro padre bastante harto, a lo que él ha respondido agradeciendo mucho los comentarios, hasta el punto que se ha marchado con dos o tres “gracias” realmente entrañables. Y yo he pensado: no me las de a mi.

La cuestión, y yendo al grano, que no quiero agotar más paciencias, es que tras este saludable y renovador descanso me he encontrado de nuevo aquí sólo con mi cena y mi periódico y de pronto ha vuelto la pesadilla hasta caer en la cuenta que sólo mi inconsciente (y mi inconsciencia) ha debido ser la que buscando algo de forma errada, quizá desesperada, ha causado todo esto buceando con torpeza en este para mi muy extraño mundo donde estamos todos y no está nadie. Y eso que buscaba, ahora me doy cuenta claramente es el amor, el amor a una mujer, un amor concreto, y puede que quizá también un poco la afición a escribir (cosa que quedará aparcada un largo tiempo) y ese insensato y osado inconsciente ha tropezado con lo que menos esperaba.

Yo no conozco apenas, como ha quedado demostrado, este mundo de Internet donde casi nunca sabemos, al menos quienes lo desconocemos, quién es quién, y es un sitio mucho más público de lo que uno cree y desearía. Y mucho menos se mucho de política y aunque tengo mis opiniones e inclinaciones como todo el mundo jamás, jamás trataría de utilizar ningún blog mío (si algún día lo hago) ni de nadie para hacer política ni ninguna otra cosa parecida, como mucho opinar, sin más, y siempre buscando el equilibrio, la moderación y el respeto a todos, especialmente a las personas. Juro que toda mi intención consciente era aprender a escribir, mientras seguía soñando con que “ella” apareciera (pero en el mundo real) que es al fin y al cabo lo que ha sido siempre mi mayor anhelo para darle sentido a la vida, mi vida.

Y eso es todo, eso es absolutamente todo, después me sentí dolido y respondí con un texto y un poema producto de mis vivencias para defender la dignidad de quién me trajo a este mundo, y nada más que eso. Cualquiera que me conozca sabe que para mi mis muy trabajados principios éticos son los que me guían en la vida, ni siquiera mis creencias pesan más en esto.

En estos días, ni antes, he hablado con nadie de todo esto, ni mi familia ni los más íntimos lo saben, y lo sabrán cuando yo se lo cuente pues no creo que ninguno vaya a pasar por aquí. He descargado la tensión acumulada de otras maneras con las personas que han venido a quererme, a las que apenas he insinuado “que me he enganchado un poco a Internet” y estoy ahora aquí escribiendo, sólo, cómo tantos supongo. Yo no puedo negar que he de agradecer que al margen de esto tengo una vida muy real y muy rica ahí fuera y es a la que estoy deseando volver cuanto antes, necesito oxígeno. Creo que aún debemos aprender a dominar la tecnología y que no nos domine ella a nosotros como me ha pasado a mi.

Y ahora que lo pienso de nuevo sigo sin entender nada, no sé que está pasando, supongo que como todos en el fondo lo único que quiero es querer y que me quieran, ¿es tan difícil de entender eso?, y aunque ya lo práctico de sobra en mi pequeño mundo me falta completar esa felicidad con el que considero mi estado natural, estar con mi pareja, para la que llevo preparándome desde mi adolescencia, a veces sin yo mismo saberlo. Esas (y sobre todo esa) son mis pretensiones y mis ilusiones, y ninguna más, soy un puñetero romántico empedernido y no puedo evitar llorar al escribir esto. Creo que, otra vez, más sincero no puedo ser. Me expongo y me muestro así porque por otra parte siempre me ha importado un bledo lo que nadie piense al respecto, me importa a mi y punto, lo que tengo claro lo tengo muy claro y sólo me interesa la opinión sobre estas cosas de los muy cercanos, los que me conocen, y a veces sólo cuando se la pido, soy muy terco en eso. Creo que también ha quedado claro que mi ego pesa mucho, triste evidencia de que no está “ella” para equilibrarme.

Y llego ya donde quiero ir sin falta porque empiezo a sentirme triste y estoy deseando apagar este chisme, pero no sin antes decir lo que quiero.

A mi manera soy creyente, pero he de decir que no creo ni en el arrepentimiento ni en la culpa. Hace ya mucho que llegué a la conclusión de que muchos de los mayores daños que los seres humanos nos hacemos unos a otros, especialmente en la cotidianeidad, son siempre sin querer, que, de haber sabido lo que después (“siempre después” podría decir con la melancolía que ahora me envuelve) sabemos, no habríamos actuado igual (y este es el mejor caso que se me ocurre y se me ocurrirá en mucho tiempo), y que la culpa…, ¿la culpa? ¿de qué?, ¿de haber nacido? ¿de estar aquí…? ¿yo? ¿por qué?, como mucho doy las gracias de que me hayan traído. Por tanto solo puedo expresar lo que pienso y siento, que a veces tengo la sensación, en mi profunda ingenuidad (supongo que soy de esos que prefiere pensar siempre bien, me hace sentir mejor) de que la gran mayoría de los conflictos humanos son un gigantesco malentendido, y en lo que a mi respecta eso es lo que ha sido esto, un tremendo malentendido. Y yo por mi parte solo puedo decir esto: lo siento, lo siento y lo siento. Y desde un profundo respeto a todos y especialmente a uno me despido definitivamente de esto de navegar por Internet al menos por un tiempo largo, no puedo más, estoy agotado, Sólo pido que el que quiera lea literalmente lo que he escrito antes y lo que acabo de decir, no hay más que eso, absolutamente nada más. Y el que quiera creerme que me crea y el que no es libre de hacerlo pero que antes pregunte a su corazón a ver que le dice, a ver si no me/nos comprende o no.

Saludos.
Pedro