martes, 9 de junio de 2009

Se me olvidó que te olvidé

Un sujeto es un dispositivo
de almacenamiento
de memoria y olvido



Me parece que hay una componente en el ámbito de la creación que tiende a pasar desapercibida, sobre todo en estos tiempos donde la creación acontece a ritmo de información ("antes creábamos desde el conocimiento, ahora desde la información", A. F. Mallo). Me refiero al olvido. O, en otras palabras: se nos olvida el olvido. Estoy convencido de que todas las estrategias (sean artísticas o tecnológicas) que tienden a obliterar el olvido tienen una componente (casi siempre inconsciente) de neoplatonismo. Ya conocemos la objeción platónica acerca de la escritura. La escritura promovería el olvido de los saberes, que quedarían -una vez convertidos en escritura- reducidos a mero archivo, restando autonomía al ser humano. De ahí a su crítica republicana de los poetas hay sólo un paso. Era Petrarca el que distinguía entre dos tipos de poetas, el poeta hormiga y el poeta abeja. El primero se dedicaba a recopilar materiales heterogéneos que agrupaba hasta lograr algo semejante a un centón. El segundo era capaz de asimilar dichos materiales y obrar a partir de ellos la metamorfosis, el cambio cualitativo que va del polen a la miel -literaria, en el caso que nos ocupa-. El sujeto creador no puede ser -no solamente- un acaparador de citas, un maestro de intertextualidades, so pena de caer en cierto autismo creativo (¿no es el autista, acaso, como el Funes del cuento de Borges, aquel que no puede olvidar, que recuerda listados y nombres absurdos a los que no puede dotar de sentido?). Un sujeto no es sólo alguien que recuerda sino, fundamentalmente, 'algo' que olvida, que entiende que cada instante, que cada lectura, tiene algo de inapresable. La subjetividad se muestra, entre otras cosas, por su capacidad de rescatar las percepciones e impresiones del olvido. Las sensaciones y emociones difieren poco de una persona a otra (la vida, para bien o para mal, no ofrece demasiadas variables al respecto). Lo que diferencia a un sujeto de otro, a un creador de otro, es su manera de traer al presente los materiales caídos en el olvido. El olvido -mejor no olvidarlo- es, pues, el mayor garante de la diferencia. Es gracias al olvido que dichos materiales pueden confundirse, malentenderse, entremezclarse y entrar en la extraña combinatoria (casi siempre inconsciente) de la que surgirá el acto creativo. Esa miel de la que hablaba Petrarca.