jueves, 7 de enero de 2010

Afectivamente correcto

El totalitarismo no tiene límites. La biopolítica continúa extendiendo sus tentáculos o palpos u 'observatorios' como ahora gusta llamarlos a lo largo y ancho del tejido social. Una vez que parece tener bajo su dominio a los cuerpos a través de la higienización y normalización de sus costumbres (peso adecuado, presión arterial adecuada, tabaquismo cero y alcoholismo moderado) le ha llegado el momento a los afectos. Se nos avecinan unos años en los que la insistencia acerca de cómo sentir será obsesiva. La justificación es, como casi siempre, la misma. La eliminación de la violencia de los afectos y la mejora de la socialización del animal humano. Ya se están imponiendo cursos de formación del profesorado donde se imparte esa 'disciplina' cuyo mayor mérito es el oxímoron que la define: la inteligencia emocional. Todo en aras, insisto, de que los profesores valoren cada vez más las aptitudes sociales y afectivas de los alumnos, algo que les resultará de gran utilidad en este mundo donde, efectivamente, la autonomía carece cada vez más de sentido y donde lo importante son las tribus reales o virtuales donde uno consiga integrarse. La crítica a esta biopolítica de los afectos no viene del lado de su imposibilidad (ya avisaba Guattari que el capitalismo es el único sistema totalitario que inhabilita al que lo sufre para ejercer la protesta), sino de su monolitismo y uniformidad. Por si el cine y la literatura normalizados no fuesen suficientes para domesticar y estandarizar los dominios emocionales, los poderes públicos han extendido su visión de lo políticamente correcto hasta llegar a lo 'afectivamente correcto'. Se pretende así uniformizar lo que en principio ha sido siempre una diversidad (maneras de amar y de odiar, de relacionarse, en definitiva), adquirida en las biosferas denominadas familia, pandilla, etc. Me viene a la memoria el estupendo corto 'Cazadores' de Achero mañas. Preguntados la mayoría de los protagonistas por qué se dedicaban a masacrar a los animales que tropezaban por el barrio, todos los preadolescentes respondían unánimemente que por diversión. Una conducta adquirida, sin duda alguna. Uno de ellos, después de acabar con la vida de un gato, llega a empatizar con el animal y comprende el sufrimiento infringido por vía directa, la de la experiencia. Memorable es la escena en el que todavía niño acude a rescatar el cadáver para ir a enterrarlo en un descampado. Cabe preguntarse qué habría sido de estos muchachos si antes hubiesen sido adoctrinados en el colegio por profesores y psicólogos acerca de la perversión de tales conductas. Un discurso, este último, que conocían por cierto a la perfección el par de psicópatas asesinos de 'Funny Games'.

4 comentarios:

Isabel Martínez dijo...

No te preocupes demasiado, que al corazón y al temperamento no hay quien los domestique.
No se pueden poner puertas al campo.
Un saludo "afectivamente correcto".

Ibrahim B. dijo...

Por alusiones indirectas, discrepo parcialmente de la idea que expones: a continuación, una hipótesis hiperconcentrada.
En primera instancia, bien es cierto que conviene distinguir entre autores normativos y descriptivos: a mí, obviamente, me interesan los segundos (Maupassant: Los grandes escritores no se han preocupado ni de moral ni de castidad [...] Si un libro contiene una enseñanza, debe ser a pesar de su autor.) Luego, el interés creciente por la sociología de las emociones y la racionalización de las mismas tiene lugar por la misma razón que los conflictos sociales en la polis del siglo XIX dan lugar a la sociología, o la clase intelectual ha tenido que abrir sus horizontes del canon literario a la cultura pop. De lo que ahora hablamos, pues, es de repasar esa historia de la sentimentalidad —en mayor o menor medida inédita— desde el estado de ánimo de la filosofía contemporánea: “la frialdad del cálculo y la prosaica sobriedad de la planificación” de la que habla Heidegger.
Más: en realidad nos encontramos ante un ejemplo más de conflicto entre categorías culturales. En mi caso particular, a menudo creo que mi blog, en las entradas dedicadas a estos asuntos, tiene algo de consultorio sentimental (con Eloy ocurre algo parecido, sospecho), con la diferencia —no necesariamente cualitativa— de que mientras hay lectores a los que pueda incomodar la exposición de los problemas sexuales en las sección de sexología de EP3, así como el adoctrinamiento totalitarista en absoluto camuflado del que hablas, a otros nos interesa saber qué dice el psicoanálisis y otras disciplinas emergentes sobre esos mismos conflictos. Sospecho entonces que la totalidad del género ensayístico dedicado al estudio de la naturaleza humana tiene una finalidad casi estrictamente funcional: facilitar la supervivencia en el medio, aunque sea desde una literatura descriptiva. Como dice Racionero, desde Freud, el proceso civilizador ha triunfado a costa de dar trabajo a los psicoanalistas. Este fenómeno resulta, pues, un signo más de modernidad.

hautor dijo...

Yo, Ibrahím, no discrepo con lo que dices, más bien estoy de acuerdo. Es sólo que el sujeto enunciativo de mi post está en otra parte donde tus objecciones no llegan sino como pompas de jabón. Me explico. A mí también me parecen un rollo los señores normativos y no busco para nada en la literatura a autores que me den lecciones de nada. No creo, ahí sí discrepo, que el psicoanálisis tenga respuestas para todo lo que se refiere a las cuestiones afectivas (precisamente porque no creo en ningún tipo de normatividad, ni siquiera en la tan sugerente del psicoanálisis). En este post no hablo de cuestiones literarias ni sociológicas sino estrictamente políticas. Si una ley me impide fumar en un bar o me obliga a hacer un curso de formación sobre inteligencia emocional no me valdrá de nada la sociocrítica ni le teoría de la relatividad general. Soy un sujeto -o muchos- que vive, goza y padece, aparte de escritor; por tanto mis enunciados y posturas ante la vida no siempre responden a cuestiones estrictamente literarias ni intelectuales, y este blog es una muestra de ello. Este post es absolutamente político, en el sentido en el que entiendo yo la política. No somos seres angelicales y a veces sangramos cuando nos hieren. La biopolítica, como diría nuestro dilecto De Man, siente una enorme resistencia a la teoría. Los trenes de camino a Auschwitz habrían triturado sin problemas todos los volúmenes de Freud apilados bajo sus ruedas.

José Almeida dijo...

Absolutamente de acuerdo con tu planteamieno, Javi: en el tránsito de la sociedad disciplinaria a la de control un escalón fundamental es establecer normas emocionales con valor grupal.Nada más foucaltiano que recurrir al profesorado y a la escuela para apuntalar normas emocionales que sirvan a los adolescentes para ser "afectivamente correctos"

En serio, me ha gustado mucho este post. Nos hace falta una copa.

Saludos