sábado, 9 de abril de 2011

Capitalismo&Literatura (notas para un ensayo sobre una religión de(l) libro)

Este artículo se publicó originalmente en el número 328 de la revista Quimera.


CAPITALISMO & LITERATURA

Notas para un ensayo sobre una religión de(l) libro

Por Javier Moreno


Si Zizek ha tratado en algunos de sus ensayos de practicar algo así como un psicoanálisis del cine de Hollywood[1], confiado en la literalidad de su naturaleza de ‘factoría de sueños’ (no personales sino colectivos), con el fin de extraer de sus latencias conclusiones ideológicas y políticas, no es menos cierto que dicho método se puede extrapolar al ámbito literario.

Sin duda la literatura pone en juego –de palabras– los anhelos y los miedos, los síntomas -evidentes o no- de los temores del cuerpo social. El capitalismo –sus usos y costumbres– se filtra a través de los poros (basta recordar los objetos que ocupan los primeros planos de El séptimo continente, de Haneke, y que terminan poseyendo, como seres dotados al fin y al cabo de alma, a la familia protagonista del filme) y las retinas y acaba adquiriendo una dimensión espectral que oscila entre los extremos de lo salvífico y lo terrible. El autor (escritor, en el caso que nos ocupa) transmutará ese espectro en alabanza o exorcismo, llevado por su moral particular o por el capricho de la pluma. Este pequeño estudio se propone el objetivo de mostrar algunas variantes de dicho espectro en la literatura contemporánea, un fantasma que recorre no Europa sino el mundo entero, y que está condenado a transitar buena parte de la literatura fuera y dentro de nuestras fronteras.


1. Viva el mal, viva el capital

Quién no conoce o ha oído hablar de Patrick Bateman, el protagonista de American Psycho[2], el diabólico yuppie de Wall Street. “Trabajo en Pierce&Pierce”, anuncia a sus hermosas víctimas antes de despedazarlas con la escrupulosa meticulosidad de un forense. Patrick actúa metódicamente (no cabe esperar otra cosa de un cerebro formado en Harvard): desgarra, eviscera, mutila, quema… Procede con los cuerpos de sus víctimas por división y combustión. La superficie de su apartamento queda convertida en la mesa del arúspice. Efectivamente, Bateman lee su destino en las vísceras de sus víctimas. En ocasiones éste consiste en coger un vale y cambiarlo por una caja de cereales. El destino en el mundo del capital no admite mayores heroicidades. Bateman ha perdido la profundidad simbólica, vive en un mundo hecho a base de índices (bursátiles y semióticos). Bateman no ve una camisa, ve Armani, no ve un bolso sino Hermès. Dioses dispensadores de aura, las marcas constituyen asimismo un lenguaje sin posibilidad de metáfora. El lenguaje capitalista es aquí un lenguaje escindido, sin conectores analógicos; las palabras cohabitan desprovistas de sintaxis en la chistera dadaísta. Patrick replica a través de su peculiar arte cisoria el mundo que le rodea al tiempo que hace uso de éste para aniquilar todo aquello que no forma parte de dicho mundo y cuyo epítome viene a ser el omnipresente mendigo. Easton Ellis revive a Jack The Ripper dotándolo de un aspecto nada previsible: es inteligente, es rico, es guapo. Tengan mucho cuidado.


2. La red social

En La conquista del aire[3] Carlos, un empresario en apuros, pide un préstamo a sus amigos Marta y Santiago. El préstamo funciona como un sistema estresante (el estrés como fuerza instituidora de cohesión social ha sido convenientemente estudiado por Sloterdijk en su trilogía Esferas) al que se van añadiendo amigos y parejas de la tríada principal. Belén Gopegui, la autora de esta novela, transita así de la microesfera de lo personal (fundada en una larga y sólida amistad) a la macroesfera de lo económico, componiendo, como es habitual ella, una novela dialógica que descapitaliza no sólo el discurso económico sino la propia narración en términos de personajes principales y secundarios. El sistema económico capitalista es puesto en cuarentena por Gopegui a través de una estrategia opuesta a la de Easton Ellis. Si este último muestra la alienación del yuppie que sólo puede apropiarse del placer a través del sacrificio de la víctima, la autora madrileña transmuta la usura en una “ampliación de capital” humano basado en la complejidad creciente de las relaciones entre los personajes, unum inter pares. Estrategia semejante es la que lleva a cabo Victor Hugo Mae en El apocalipsis de los trabajadores[4] , novela escrita completamente en minúsculas (un intento de democratización del lenguaje) que proporciona luz y contraste a aquéllos que normalmente pasan desapercibidos en el discurso económico y literario. La limpiadora por horas y el paleta ucraniano pasan a un primer plano en igualdad de condiciones que sus amos. La economía sumergida deviene literatura emergente a través de una reorientación del punto de vista de esa superestructura capitalista que es la fruición escópica.


3. La morada del Deus absconditus

Eric, el protagonista de Cosmópolis[5], de Don DeLillo es un gran inversor que entra de buena mañana a su limusina con la intención de cortarse el pelo. La limusina está provista de monitores y pantallas que muestran en tiempo real tanto la evolución del mercado como el entorno urbano por el cual transita el personaje. El interior de la limusina se convierte así en una especie de panóptico y Eric en una encarnación del deus absconditus capaz desde ese pequeño rincón de tumbar bancos y empresas según su arbitrio. Los datos que pueblan sus monitores son el anticipo de la realidad, no el reflejo de ella. A este respecto DeLillo hace decir a su personaje “Es el cíber-capital el que crea el futuro […] Porque el tiempo es ahora un activo corporativo. Pertenece al sistema de libre mercado. El presente es difícil de encontrar. Ha sido absorbido fuera del mundo para dejar espacio al futuro de los mercados descontrolados y del enorme potencial de las inversiones. El futuro se ha hecho insistente. Esa es la razón por la que algo ocurrirá pronto, tal vez hoy”. Eric se deja llevar por el capricho. Lee poesía y conversa con el resto de personajes que pueblan la novela siguiendo una lógica a menudo absurda. Como el dios de los gnósticos, Eric se mantiene al margen de la realidad. Avatar del mercado, Eric gobierna un mundo sin hacerse presente en él (de hecho Eric vive en el futuro, tiempo inaccesible para el resto de mortales). En esta ocasión será el miserable, el mendigo, la némesis de Eric; como si la novela de Delillo se convirtiese de alguna manera en el segundo asalto de American Psycho, en su posibilidad de revancha.

Pero la escritura del mercado, una escritura de índices (de índices del tiempo futuro, como bien demuestra Eric) admite rectificaciones, errores. En este sentido conviene recordar a Chip, personaje de Las Correcciones, de Jonathan Franzen[6] , contratado por un político lituano para modificar una página web que invertirá los datos económicos de la economía lituana con el fin de atraer a inversores americanos (y cumplir de este modo una venganza contra la economía de mercado que llevó a su país a la ruina). Se confirma así el mito gnóstico según el cual el mundo procede de la copia errada de la escritura divina. La –mala– copia queda convertida en la novela de Franzen en un acto de rebeldía, de reordenamiento del mundo que lo aproxime a cierto ideal de justicia.


4. Diversion macht frei

Degradado el ‘dasein’ del presente como categoría temporal (convenimos que en la bola de cristal del capitalismo no vemos nuestro presente sino el futuro que se avecina), convendría añadir que no sólo el tiempo, sino que también el espacio del capitalismo admite nuevas leyes y técnicas de agrimensión simbólica. A la desincronización (los relojes del consumidor y del bróker, definitivamente, no marcan la misma hora) se añade la distopía. Aeropuertos, parques temáticos… Dejan de ser índices del espacio circundante (espacios hechos para contemplar) para convertirse en singularidades que rompen con la continuidad del espacio-tiempo social. Ningún otro espacio como el así llamado ‘parque temático’ para mostrar lo que decimos. El parque temático deslocaliza el sitio donde se erige. Se trata de un espacio cerrado en sí mismo cuya función es recrear un espacio-tiempo distinto (la América colonial del siglo XVIII en Asfixia[7] , el cuerpo humano en Derrumbe[8] , Villa Verano en Hilo Musical[9], el PreHistoric Park de El trepanador de cerebros[10] o el Marina D’or de El Dorado[11]) del habitual y cuya esencia reside en el hecho de que en él todo está sobredeterminado, nada está descuidado al azar, convirtiéndose el visitante en un mero transmisor de los deseos que unas cosas sienten por las otras, en un transeúnte de itinerarios prefigurados –antípoda del flaneur que preconizara Walter Benjamin- a cambio de lo cual obtendrá un placer contenido lejos de la linde del shock, emocional o estético. “Este es el problema más grave de los parques temáticos históricos. Siempre dejan fuera la mejor parte. Como el tifus. O el opio. O las letras escarlatas. Hacerle el vacío a alguien. La quema de brujas”[12]. De ahí que si el parque temático aparece en la literatura es para mostrarnos personajes que son al mismo tiempo una rasgadura del gestell temático. Las maneras de alterar el orden son diversas, bien a través de la introducción de drogas y sexo (así ocurre en Asfixia, Hilo musical y El Dorado), bien desobedeciendo las normas (El trepanador de cerebros) o, más radical todavía, provocando la voladura del recinto (Derrumbe).


5. Es la estupidez, idiota

Lejos de la figura nietzschiana ideada por DeLillo aparece Sherman McCoy, el memorable corredor de bolsa de La hoguera de las vanidades[13]. A Tom Wolfe le interesa menos desentrañar la vis metafísica del capital que mostrar el papanatismo de lo políticamente correcto. Digamos que en la novela de Wolfe el personaje sirve al lector como guía para reconstruir la sociedad neoyorquina del momento donde el mal no es privativo de “los amos del universo” sino que puede extenderse sin dificultad al periodista o al representante de la comunidad afroamericana. McCoy, de hecho, se metamorfosea ante los ojos del lector pasando de tiburón de las finanzas a víctima del sistema judicial, como prueba de que hasta los ángeles más próximos al dios del dinero deben estar atentos, que el menor descuido puede propiciar la caída. De nuevo nos movemos en el contexto de la cosmovisión gnóstica. El mal no anida en el higienizado universo de Wall Street (dollars non olet). El mundo hiperuránico de la Bolsa es sencillamente amoral. Por tanto no puede ser juzgado. Lo que la sociedad no perdona no es la ganancia fácil o la especulación descontrolada sino que se ataque (siquiera involuntariamente, como es el caso de Sherman) a las reglas explícitas de lo políticamente correcto. El pecado de Sherman es haberse aproximado demasiado a la tierra. Tom Wolfe demuestra en su novela que existe algo tanto o más poderoso que el dinero: el papanatismo.


6. ¿El corazón del capital?

François Emmanuel renueva en La cuestión humana[14] el mito conradiano de El corazón de las tinieblas. El director de la filial de una multinacional de origen alemán parece haber enloquecido. Es al psicólogo de la empresa, encargado de la sección de recursos humanos, a quien se le encomiendan –cual a un Marlow remozado– las investigaciones necesarias para aclarar el caso. Durante dicha investigación saldrán a flote oscuridades que nos retrotraen a la Alemania nazi de los años 40. Emmanuel pone sobre la mesa en esta novela el vínculo del sistema capitalista con el fascismo. Optimización, motivación de los cuadros dirigentes, despido del remanente de mano de obra… Son ideas fundamentales del sistema de producción que encuentran su isomorfismo en el régimen nazi. El autor huye, sin embargo, de la asociación fácil a través de una trama llena de matices que convierte este pequeño libro en un referente indiscutible a la hora de tratar literariamente el universo empresarial corporativo.


7. El pacto fáustico

En nuestro país han aparecido recientemente dos novelas que tratan el tema de la empresa y que ayudan de algún modo a paliar la escasez de obras centradas en un asunto de creciente relevancia en el día a día del ciudadano. Una omisión que admite excusa en el caso de nuestros escritores más alejados de los postulados realistas –los menos- pero difícilmente justificable en tantos otros que demostraron su interés por elaborar historias centradas en la contienda civil y en sus secuelas, incluida la transición. Tanto Barriga[15], de David Barreiro como El alquiler del mundo[16], de Pablo Sánchez, se adentran por los vericuetos del mundo empresarial. Aunque con distinto acierto (más exhaustivo y complejo en el caso de la de Pablo Sánchez) ambas novelas son protagonizadas por personajes que queman sus naves en el ara del éxito profesional. La familia e incluso el individuo en su faceta más personal acaban siendo sacrificados en el insaciable altar del Moloch corporativo. Una variante del pacto fáustico parece estar detrás del comportamiento de dichos personajes. Se adivinan tiempos mejores en el pasado de De Miguel (Barriga) y César (El alquiler del mundo), momentos de calma familiar en el bello paraje de la playa portuguesa de Barriga -el primero- y sesudos estudios de filosofía –el segundo-. Pero ambos acabarán asumiendo los dictados del capital (que no necesita ningún papel firmado con sangre, sino que su letra –no necesariamente impresa- se acaba filtrando en las consciencias como el virus lingüístico que atenazaba a Burroughs) y llevándolo hasta sus últimas consecuencias. Si existiera una Leyenda dorada dedicada a recopilar la hagiografía de los ‘santos’ mártires del capital, no cabe duda de que De Miguel y César acompañarían a Sherman McCoy en el índice de tan ilustre prontuario.


8. Teología económica

Tal variedad de tratamientos del universo económico podría hacer que nos preguntáramos por la raíz común de todos ellos, algo que nos llevaría inevitablemente a la esencia de la economía. Centrándonos en el tema que nos ocupa quizás la cuestión más acuciante sea si la economía, tanto global como en su especificidad corporativa, admite una representación literaria consistente y completa. Siendo el capital en esencia un sistema de flujos monetarios que conforma niveles de realidad de complejidad creciente (desde lo emocional hasta lo político) se hace difícil pensar que ’la gran novela’ del capitalismo sea otra cosa que una fantasía crítica. Sí existen, como se pretendió mostrar hasta aquí, representaciones parciales que dan cuenta de su polimorfismo. ‘Novelas pese a todo’, diríamos, parafraseando un conocido título de Didi-Huberman. Es la propia Belén Gopegui quien reconoce la aparente paradoja de que “sólo cuando el socialismo trata de someter a la literatura ésta muera, mientras que cuando el capitalismo diariamente la somete, condiciona, penetra, compra, seduce, alecciona, eso en nada afecta a su salud”[17].

Giorgio Agamben analiza en El reino y la gloria[18] cómo en algún momento la teología económica ganó preponderancia sobre la teología política. El poder es un lugar vacío y la gloria no se consigue sino a través de la propagación y el intercambio de ese vacío en una delegación sucesiva sin principio ni fin. El capital podría asimilarse así a una angeleología, con sus demonios y sus seres luminosos, con su infierno y su paraíso. El dios del capital –el mercado- es un dios desconocido. El inversor, su demiurgo, atiende a su voz y garabatea con signos errados en ese texto llamado mercado continuo. Después de todo y, pese a quien pese, el capitalismo parece ser una –otra más- religión de(l) libro.


[1] Véase Goza tu síntoma: Jacques Lacan fuera y dentro de Hollywood, Nueva Visión, 2004 o The true Hollywood left en http://www.lacan.com/zizhollywood.htm [2] American Psycho, Bret Easton Ellis, Ediciones B, 1992. [3] La conquista del aire, Belén Gopegui, Anagrama, 1997. [4] El apocalipsis de los trabajadores, Victor Hugo Mae, Alpha decay,2010. [5] Cosmópolis, Don Delillo, Seix Barral, 2003. [6] Las correcciones, Jonathan Franzen, Seix Barral, 2002. [7] Asfixia, Chuck Palahniuk, Mondadori, 2001. [8] Derrumbe, Ricardo Menéndez Salmón, Seix Barral, 2008. [9] Hilo musical, Miqui Otero, Alpha Decay, 2010. [10] El trepanador de cerebros, Sara Mesa, Tropo, 2010. [11] El Dorado, Robert Juan-Cantavella, Mondadori, 2008. [12] Asfixia, pág 27. [13] La hoguera de las vanidades, Tom Wolfe, Anagrama, 2006. [14] La cuestión humana, François Emmanuel, Losada, 2002. [15] Barriga, David Barreiro, InÉditor, 2010. [16] El alquiler del mundo, Pablo Sánchez, Destino, 2010. [17] Literatura y política bajo el capitalismo, Belén Gopegui, 2005 en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=26876 [18] El reino y la gloria, Giorgio Agamben, Pre-textos, 2010.