viernes, 2 de septiembre de 2011

Cameo Coconut con Telesketch


Aquí el relato incluido en el dosier de la revista Quimera en su número de verano acerca de las series de televisión. Yo elegí Museo Coconut. Ahí va:

Me gusta mi Telesketch. Nunca tuve un Scalextric, algo que marcaba (tenerlo o no) la infancia de un niño criado en los ochenta. Scalextric o no Scalextric, futbolín de hierro o de madera (de hierro, obviously)… Más aún que las opciones políticas (ah, ¿pero sigue existiendo eso?), maneras de estar en el mundo, materia de psicoanálisis, inconmensurabilidad de weltanschauungs. A falta de otras atracciones de campanillas mi infancia se territorializó en el Telesketch. Como un ciego con el tacto. Como una pastorcilla con sus vírgenes. El tiempo y la mucha experiencia me han hecho de alguna manera un maestro del artilugio. Una vez, a los quince años, participé en un concurso intercentros de Telesketch. Fue en Murcia. Al ganador le obsequiaban con un Spectrum. Gané. Me enviaron a casa el premio. El Spectrum desplazó durante un tiempo mi pasión por el Telesketch. Pero el Telesketch no era una aventura. Las veleidades e intermitencias de la vida sirven para descubrir el cogollo o la piedra madre que conforman a una persona, algo que el común de los mortales llama carácter. Y el Telesketch, descubrí hace tiempo, forma parte de mi carácter. Me gustan los concursos absurdos, como El premio Planeta y el de Miss Universo. Emilio ganó en su pueblo el premio de ‘Jóvenes Cortitos’ al mejor cortometraje. Me gusta Emilio. Uno no debería venirse a Madrid sin el salvoconducto de un premio de provincias bajo el brazo. Qué menos. Rosario está plantado en jarras ante un grupo de visitantes del Museo Coconut. Tras él hay un par de cuadros. Reta a los visitantes a que adivinen cuál de ellos es de Pollock y cuál de Rothko. Nadie levanta la mano. Nadie dice nada. Tras unos segundos de espera Rosario dice que es normal, que a todo el mundo le pasa. Que la única diferencia es que el primero usa manchas de pintura mientras que el otro dibuja franjas de colores, banderas de países africanos que todavía nadie parece haber descubierto. Onofre, que anda cerca, guiña sus ojos tras las gafas de culo de vaso, y dice que ese cuadro es igualico que la camiseta del equipo de fútbol de su pueblo. Rosario responde que no sabía que Onofre fuese africano. Luego se ríe de su propio chiste de esa forma que recuerda a la de un cerdo atragantado. Me gusta Rosario. Rosario sabe más que nadie de arte moderno. Sabe, por ejemplo, que Gaudí, Tàpies y Barceló son encarnaciones de un mismo artista cuyo espíritu los posee alternativa o sucesivamente. Hay un niño en Sri Lanka que se reparte el espíritu con los anteriores. Produce cuadros matéricos y esculturas que imitan formas grotescas de la naturaleza. El niño, a pesar de no haber salido nunca de su pueblo, habla un catalán perfecto. Tal suceso paranormal unido a su arte lo habilita como sucesor del chamán de su pequeña comunidad. Quizás algún día ese niño de Sri Lanka acabe exponiendo en un museo importante como el Centro Pompidou o el Reina Sofía. Dibujo con mi Telesketch mientras veo el capítulo de Museo Coconut. Improviso. Me supongo un artista moderno que quiere exponer en las paredes de este museo. Me encantaría que don Jaime, el director del museo, organizara una exposición con obras de arte producidas con Telesketch y que alguna de ellas fuera mía, naturalmente. Iría a visitarlo a su despacho. Lo pillaría, como siempre, amorrado a su botella de whisky. Dejaría que la escondiera debajo de la mesa de su despacho y, haciendo la vista gorda, le hablaría del proyecto. Le mostraría el diploma que me acredita como ganador del premio intercentros, firmado por el director de la compañía Borrás. Don Jaime reiría cerrando mucho los ojos y me diría que tenía gracia la cosa, que un juguete que borraba las imágenes con solo agitarlo fuese comercializado por una compañía con ese nombre. Yo sonreiría y le diría que sí, que a veces la vida tenía esas cosas y que algunas circunstancias encajaban las unas con las otras procurando una ilusión temporal de sentido. Mis palabras tendrían el efecto de borrar la sonrisa de don Jaime (como si don Jaime fuese él también un dibujo de Telesketch). De hecho don Jaime me miraría ahora con una seriedad excesiva, como si de repente le hubiese dejado de interesar el proyecto o como si el proyecto le interesase pero fuera yo el que ya no le interesara en absoluto. Me devolvería el diploma y me diría con una voz desabrida que ya me llamaría. Antes de despedirme le diría que, pasara lo que pasara con el proyecto, me encantaba su manera de ser idiota, que había una extraña y humorística perfección en su cinismo. Ahora sigo dibujando mientras Onofre y Emilio se sientan en el sofá de su refugio para ver un nuevo capítulo de Maricón y Tontico. Entonces pienso que sí, que la política sigue existiendo, que Museo Coconut es una serie eminentemente política y que Maricón y Tontico son una alternativa idiota y hedonista al instinto político encarnado en el capitán de la Bounty Onthebounty. Me gusta el bigote de maricón. Me los imagino a los tres en Calblanque. Me gustaría pasearme este verano por las playas paradisíacas de Calblanque y encontrarme a Tontico encaramado a una palmera oteando el horizonte y a Maricón y al capitán de la Bounty Onthebounty acaramelados en la cala Dentoles, retozando desnudos entre lirios de mar. Dibujo con mi Telesketch una palmera, dibujo un lirio de mar y luego dibujo un bañador de Adolfo Domínguez. Me doy cuenta de que he dibujado mi bañador. En cuanto uno se descuida acaba introduciéndose dentro de la ficción. Es lo que pasa con la ficción, que cabe todo en ella. Incluso la realidad más gruesa. El hecho de haber dibujado mi bañador de Adolfo Domínguez convierte a mi bañador en un objeto ficticio. Estoy deseando que llegue el verano para darme un remojón con mi nuevo bañador ficticio. La verdad es que estaba bastante cansado de mi bañador real. Lo abandonaría allí para que alguno de aquellos personajes lo encontrara y se preguntara cómo había llegado aquel objeto hasta allí, y quién era aquel Adolfo Domínguez. ¿Otro náufrago? ¿Un antiguo conquistador? Antes de desaparecer de escena escribiría con el dedo sobre la arena húmeda de la playa la frase: La realidad y la ficción guardan extrañas coincidencias. Una frase que desaparecía barrida por la marea (al mar le interesan poco las certezas que uno tenga) antes de que cualquiera de ellos acertara a leerla. Tras abandonar el despacho de don Jaime éste recibiría una llamada de Miss Coconut para interesarse por el progreso del museo. Don Jaime le diría que se le ha ocurrido una idea buenísima, algo nunca visto, ni siquiera en el MOMA: una exposición realizada a base de dibujos hechos con Telesketch. Mis Coconut parece meditar unos segundos en la pantalla, vuelve la cabeza y ve a su hijo Zeus que en este mismo momento se dedica a esbozar un retrato de su madre con un Telesketch, el típico monigote consistente en un palo atravesado por otros cuatro que simulan las extremidades y culminado por un círculo que hace las veces de cabeza, como un palillo pinchando una aceituna. Miss Coconut mira a su hijo con una mezcla de desprecio y compasión y finalmente le dice a don Jaime que es la idea más estúpida que se le haya podido ocurrir a cualquiera, tan estúpida –nueva mirada hacia Zeus- que podría atraer a una cantidad considerable de público y que eso la convierte en la mejor idea que ha tenido desde que viene siendo director del museo. Y cuelga. Don Jaime se queda con el auricular en la mano y una sonrisa idiota congelada en los labios. Don Jaime acaricia el éxito. Piensa organizar la exposición de dibujos de Telesketch y, por supuesto, no piensa llamarme. No me importa. A don Jaime le encanta robar ideas y a mí me gusta que me las roben. Mis ideas tienen tendencia a abandonarme, y en eso se nota que son ideas mías. Me ocurre lo contrario con las de los demás, que se me pegan y solo con dificultad logro desprenderme de ellas. Por eso me gusta el Telesketch, porque habla de la impermanencia y la fugacidad de las cosas. El Telesketch tiene algo de oriental, aunque lo inventara un francés. El Telesketch es la versión occidental del jardín de arena zen. Acaba el capítulo de Museo Coconut y yo agito la pantalla, arriba y abajo. Poco a poco desaparecen las imágenes: Maricón y Tontico, el lirio de mar… Es extraño que lo último en desaparecer sea el logo de Adolfo Domínguez. Lo agito una vez más. Hasta que desaparece el último rastro. Me gusta ver cómo las cosas surgen del vacío y regresan a él. Es mi carácter.