martes, 22 de enero de 2008

Lo banal

Vuelvo al tema de lo banal. Un filón, oiga. Es ahora que me pregunto si no formarán parte de lo banal esos instantes perdidos, esas miradas absortas a través del cristal del autobús, el tiempo disipado sobre una esterilla en la playa... Si no será lo banal ese tiempo "perdido", destinado por tanto a ser rememorado -y deseado- una vez tras otra. En ese sentido la infancia sería el reino de la banalidad (cuánto tiempo derrochado en la infancia, dejado correr como arena entre los dedos), cada mirada descuidada el cabo de un hilo del que tira el recuerdo (y la creación poética). Qué sería el Paraíso Perdido sino la absoluta banalidad (de los gestos, de la mirada, de la palabra). Curioso que aquellos instantes que recordamos como colmados de felicidad guarden una relación extraña con lo banal: esa conciencia desatendida, ese piloto automático del sujeto.

4 comentarios:

Ibrahím Berlín dijo...

Hautor, hautor, hautor. Cómo me gusta este asunto, muchacho. Y te diré que: disertar desde una óptica, digamos romántica (me refiero a la última frase del post), sobre la significación de los instantes muertos —uno de tantos tópicos metaliterarios—, es hoy, más que nunca, un ejercicio más bien comparable a escribir poesías bucólicas y del todo inverosímiles. Y ustedes, público, se preguntarán, ¿y qué es lo que dice este tío?, este tío que tiene que dejar de fumar tanta hierba y empezar a preparar sus exámenes. Bien, a lo que yo me refiero es que el escritor se adelanta al actual capitalismo salvaje y postindustrial en la medida en que se vuelve adicto al trabajo (workaholic) desde que se le ocurra pintar un mamut en una caverna. El escritor, el auténtico escritor probablemente siempre haya padecido obsesión por su formación y su producción. (¿Y no es esto una contribución casi perfecta al sistema capitalista?). Carver lo expresa de puta madre: When I came out here I was trying to get away / from everything. Especially literature. / what that entails, and what comes after. O sea que, cuando Carver llegó allí, estaba intentando huir de todo. Especialmente de la literatura y de cómo te atrapa. Otros autores, aterrorizados ante la idea de perder el tiempo, tratan de superar la disonancia cognitiva elevando las propiedades del tiempo muerto (véase http://ibrahim-berlin.blogspot.com/2007/12/obsesiones-del-autor-el-tiempo-muerto.html); si bien, en realidad, están cagados de miedo porque incluso son capaces de sentir las manecillas de reloj repiqueteando en sus oídos.

No sé, no sé. Quizá vaya siendo hora de asumir que para la antropología de escritor, definitivamente no hay tregua. Eso, o bien llevar a cabo un salto creativo en literatura demostrando que se pueden escribir auténticas perlas sin convertir en patología la preocupación por el rendimiento del tiempo.

Y hasta aquí la lección de hoy, jovenzuelos.

Un abrazo para el hautor.

Sólo digo una cosa dijo...

Lo que la vida trae de relleno son precisamente los ochoatrés o nueveados-cincoasiete.

hautor dijo...

Pues sí, Ibrahím, a lo que dices en tu post es a lo que básicamente me refería en el mío. Me alegra que Bukowski y Proust estén de acuerdo conmigo.

Tropovski dijo...

Casualidad. Vengo de un recital de Isla Correyero, José Ángel Cilleruelo y José Antonio González Iglesias en el que, al final, han hablado un poco de Vicente Aleixandre. González Iglesias ha citado con admiración, la admiración de quien ve refrendada su "nada", un fragmento del diario de Aleixandre (y cito de una memoria, la mía, nada fiable): "He pasado el día sin hacer nada en especial".

Venía pensando en esto por una frase que yo había escrito para una novela en la que ando trabajando: "Días sin pensar en nada".

En fin, que curioso, que nada en especial. ;)