lunes, 13 de octubre de 2008

Poéticas de la tecnología y del consumo

Voy en el AVE de camino a Barcelona. A mi derecha, al otro lado del pasillo hay un chico y una chica sentados en sus respectivos asientos. Después de varias llamadas telefónicas por parte del chico (un hombre orondo que se agarra el respaldo de su asiento y al cual parece claramente faltarle espacio), todo el vagón tiene claro que se trata de un pez más o menos gordo de los negocios. Para alguien que hubiese echado un vistazo a la chica quedaría aún más claro que su trabajo tendría que ver con la moda o algo por el estilo. Pronto salgo/salimos de dudas. Naturalmente, es modelo de pasarela. Así se lo comunica a su compañero de viaje. Se dejan llevar por una conversación animada. Hablan de viajes, de pases de fotografía... Se ríen como dos amigos que se conociesen de toda la vida. En un momento dado otra chica atraviesa el pasillo, camino de la cafetería. Parece sacada de una de esas revistas de moda que reparten con los periódicos. Otra modelo. Y entonces me viene una pregunta a la cabeza. Si hiciéramos una estadística, ¿qué sería mayor, el número de poetas o el de modelos de pasarela?

En el metro, camino del hotel, monta un chico en el vagón. Nos miramos, como si nos conociésemos. Durante el trayecto despliega un folleto con la programación del NEO3. No me lo creo. Nos bajamos en la misma parada. Después de dejar la maleta en el hotel me acerco al palacio de la virreina. Subo a la cuarta planta y lo veo sentado allí, entre el público. A la mañana siguiente, en la mesa redonda en la que participo , vuelvo a verlo sentado, al fondo a la derecha. Después de comer, los integrantes de la mesa redonda cruzamos la calle, de vuelta al palau. Me cruzo de nuevo con el mismo chico. Nos miramos. Barcelona parece una ciudad habitada por un puñado de personas. Y una cantidad desmesurada de turistas.

Bueno. Y ahora, como había prometido, el resto de la charla:

Un acercamiento a la mímesis fantasmática, o por qué el poeta viene del mono

Un corolario inmediato de lo anterior rezaría que no hay "bellas metáforas", sino "errores interesantes". Una pregunta no menos inmediata podría enunciarse de la siguiente manera: ¿cómo sabemos cuándo y dónde se ha producido el error? La respuesta en principio resultaría sencilla: basta con consultar el original, la fuente, la escritura divina. Pero ahí está el problema... ¿Dónde encontrar ese paraíso textual, la lengua adánica, sueño de cabalistas y motivo de especulación de ese otro cabalista emboscado que es Walter Benjamin? Naturalmente, en ninguna parte. Y aquí es donde mi mono particular, el que transcribe, no la escritura divina -demasiado para su body- sino la del simio-diablo-demiurgo, se apunta al carro benjaminiano para decir que la única manera de conseguir algo parecido es cometer todos los errores, es decir insistir en las malas copias o, siendo más concretos, que la única manera de conocer la manzana paradisíaca es elaborar todas las metáforas posibles a partir de una sencilla manzana, de la manzana del almuerzo o de la que uno encuentra en el cajón del supermercado. Proliferación ad infinitum de las malas copias, ése es el método al que se aplica con dedicación y disciplina mi simio particular, un misreading de la musa tradicional y clásica que (disculpen los más susceptibles la incorrección política, motivada por la proverbial aptitud asiática para la copia) en mi caso se parece bastante más a uno de esos chinos estajanovistas encerrado en un estrecho cubículo, aplicado a la imitación, a la simulación de la escritura de los maestros: Borges, Cortázar, Gombrowicz, Valente, Matsuo Basho, Anne Carson, etc. Naturalmente las copias de "mi chino", como pasaré a llamarlo -con toda confianza- a partir de este momento, son "malas copias", su Borges se acaba pareciendo demasiado a Ballard o su Valente a un teorema de Heisenberg. Son "malas copias" asimismo en un sentido platónico. Casi nunca pretende la imitación fiel de lo real sino que, fiel a su infidelidad (ya hemos dicho que su método consiste en la prolija reiteración del error), insiste en el simulacro, en el phantasma que no admite parangón con un modelo real. Mi chino lee esa frase de Deleuze donde el filósofo afirma que el simulacro nace cuando uno de los términos en la serie de las copias se aleja del modelo y (re)escribe que 'la manzana adánica es el atractor extraño de la serie de iteradas en que consiste cada una de las metáforas de la manzana de supermercado'. Como ven, un auténtico lío.

Pero no anda solo en esto, mi chino. Basta con remontarse a los griegos. Pondré algunos ejemplos. Cuando el daimon de Platón estaba a punto de transcribir a la perfección un diálogo platónico, entonces se equivocaba y terminaba por escribir un mito. Cuando el idem de Aristóteles se aplicaba a la transcripción de la poética -tal y como debía aparecer en el texto divino-, sin saber por qué, acababa hablando de biología (¿qué es, si no, eso de géneros y especies y la tragedia entendida como un ser vivo?). Cuando Coleridge transcribía en su poema Kubla Khan la maravilla de aquel sueño de belleza perfecta alguien vino a golpearle en la puerta, un sencillo granjero de Porlock, el pueblo donde a la sazón residía el poeta, para pedirle ayuda en un asunto nada poético: el parto de una marrana. Ningún autor está a salvo de ese daimon -humano o divino- que estorba la escritura. Es preciso, pues, insistir en ello, nuestra única certeza: al principio fue la metáfora.

Propongo aquí una personal deslectura, una mala copia. En este caso, pindárica. Uno lee un himno escrito en el sigo V a. C donde se canta y se celebra la victoria de un atleta olímpico y puede acabar escribiendo algo por el estilo:


Todo empezó con Daguerre o quizás aún antes
con Aristóteles metiendo su cabeza
en el interior de una cámara oscura y aquella polémica
ocurrencia en su Acerca del alma:
No es posible pensar sin imagen (el original dice fantasma)
Como todo asunto de alquimia
fue necesario recurrir a Mercurio
(mediador entre lo visible y lo invisible)
para positivar bigotes y vestidos de boda
en el fondo una fotografía es un espejo
que guarda un reflejo congelado

Su idea fue democratizar la imagen
sacarla de los santuarios y mostrar
que cualquier ser era digno
de ser fotografiado

Kodak for children only 1 $ !


Mientras tanto el celuloide
devino cadena de ceros y unos
y más ceros
quizás como sugerencia
de que somos apenas
tangencias de la nada

Teuth enemigo de Platón resultó
desbancado por Apolo quien
al igual que los flashes
nos hiere de lejos
Así la memoria
es sucesión de instantáneas
tomadas en museos, plazas y bares
junto a una inacabable
tarea de montaje. El yo fructifica
desde entonces
a veinticuatro fotogramas por segundo
-pongamos que el alma
sea inconsútil cruz de malta-
el resto es morosa melancolía o por el contrario
cámara rápida de la épica

Tu imagen ocupa exactamente 984 Kb
en este archivo. La calidad es excelente
y usando el zoom puedo aproximarme
a tu rostro
como cuando te besaba
dilatar el horizonte que dibujan tus párpados (ya
no se ve pero recuerdo en tus labios una sonrisa)
hasta el negro abisal de la pupila

Y ahí acaba todo
y empieza tu ausencia
desbordando píxels y pronombres

(Himno a George Eastman, Cortes publicitarios)

Imagen y metáfora, o cómo decir dos cosas al mismo tiempo


La metáfora es movimiento
El movimiento es imagen
La imagen es metáfora
Se cierra el círculo

Otra imagen
(Acabado en diamante)

La diferencia entre imagen y metáfora no es sino una cuestión de perspectiva, de paralaje. Puede decirse que la imagen no es más que una metáfora visual y que, por tanto, cumple la condición de la metáfora, la de ser una -mala- copia. Pero una mala copia, recordemos, no de un original -imposible- sino de otra mala copia, de otra mala copia, etc. Hay que evitar leer un poema con la pretensión del que busca desentrañar un mensaje cifrado -el original-, desestimar la idea de que la poesía -con todas sus metáforas- no es más que la distorsión y el encriptado de un mensaje más o menos complejo. No se trata de rascar en busca del premio escondido. Nada de eso. Si así lo pretendemos, quedaremos decepcionados por el perenne: SIGA BUSCANDO. Más bien entender un poema consistiría en poner de relieve las fuerzas que chocan y que acaban configurando la forma del poema, algo así como el plano de inmanencia del que el poema resulta la línea de fuga. Uno no comprende nunca un poema. Uno, a lo sumo, construye una constelación de sentidos (de copias que simulan ser los originales), sentidos que se desplazan en el tiempo y en los espacios (epistemológicos, subjetivos, etc). La imagen resulta entonces un pasaje (recordemos el sentido original de la metáfora como desplazamiento, como transporte) con el que viajar en el espacio y en el tiempo. Digo pasaje y mi chino -como siempre- me traiciona y copia 'interface'. Pensemos en la escena de la creación de la Sixtina como paradigma y epítome de desplazamiento, el que va de lo humano a lo divino, solventado a través de esa interfaz de carne y hueso llamado Miguel Ángel. Al fin y al cabo, si atendemos a la definición de la RAE de interface (o interfaz), podremos leer lo siguiente:

Interfaz: conexión física y funcional entre dos sistemas o aparatos diferentes.

De nuevo algo muy parecido a la metáfora. Del mismo modo puede afirmarse que el neurotransmisor es el interface entre el axón y la dendrita (otra vez el vacío instalado en el espacio más íntimo de la conciencia, el que separa dos neuronas). Otra vez el salto en el vacío, el desplazamiento, la metáfora, como el tránsito de lo analógico a lo digital que se produce en el cliqueo sobre el ratón. El poema, entonces, como detención, o mejor, como fijación de una 'cadena de búsqueda'.

Pero agreguemos más voces a nuestra teoría, es decir, sigamos acumulando errores.

La poeta canadiense Anne Carson dice en su 'Ensayo sobre aquello en lo que más pienso':

¿En qué consiste el placer de la metáfora?
Aristóteles dice que la metáfora hace que la mente se
experimente a sí misma
en el acto de cometer un error.
Él se imagina la mente moviéndose sobre una superficie plana
de lenguaje ordinario
cuando de pronto
esta superficie se rompe o se complica.
Lo inesperado emerge.

Y un poco más adelante:

Hay un proverbio chino que afirma,
El pincel no puede escribir dos caracteres de un solo trazo,
Y sin embargo
esto es justo lo que hace un buen error.

Pensemos en la metáfora, entonces, como en esa inesperada manera de escribir, de decir dos cosas al mismo tiempo, algo parecido a lo que ocurre con esos fotones capaces de atravesar las dos hendijas practicadas en una placa metálica. La poesía como lenguaje cuántico:

El principio de indeterminación de Heisenberg
lo que dice es que no se puede ser a un tiempo
arquero y flecha

El monje kyudo lo sabe
y deja de ser arquero para convertirse en flecha
Después la flecha desaparece en el blanco
que es otra vez el arquero. Éste es un camino
de ida y vuelta al YO

ENTRE DOS INSTANTES DE CONSCIENCIA DEL SUJETO
EXISTE SIEMPRE UNA FLECHA QUE LOS UNE

Nada más que eso significa
el principio de indeterminación de Heisenberg

Caballeros es todo
cuanto puedo decirles
Si tienen alguna duda les recomiendo
escuchen al amanecer
el canto de los gorriones
(El principio de incertidumbre de Heisenberg, La elocuencia del azar)

Traeremos junto a nosotros, para acabar con este apartado, a uno de los pocos autores que en nuestra lengua se han ocupado de elaborar una teoría coherente acerca de la imagen: el poeta cubano José Lezama Lima. No voy a glosar aquí su compleja poética. Simplemente recuperaré dos nociones que vienen a cuento y que emparentan con lo que se viene hablando. Lezama entiende la metáfora como modo de encuentro de los seres, una manera de mostrar las diferencias y al mismo tiempo de tender puentes entre las cosas. El poema no puede ser, sin embargo, un mero aglomerado de metáforas. Para que el poema cuaje, éstas metáforas deben apuntar a algo exterior al poema, algo que podría asociarse a la línea de fuga deleuziana y que él denomina 'imagen'. La imagen sería ese atractor extraño hacia el cual se orientan las metáforas, el imán que orquesta los fragmentos que componen el poema.


Poesía y publicidad, o por qué no todos los gatos son pardos

Naturalmente la poesía comparte no pocas cosas con la publicidad. Ambos, el poema y el anuncio publicitario, son atractores de una serie de imágenes/metáforas, fijaciones -como decíamos hace un momento- de una cadena de búsqueda (casi siempre inconsciente). La manzana de la que hablábamos, la manzana paradisíaca es también la manzana a la que aspira la publicidad (nuestras manzanas son más manzanas que las de la competencia, llevan en sí un plus de 'manzanidad', etc). Pero hay una diferencia a mi juicio esencial entre la poesía y la publicidad. Mientras que la poesía es un fin en sí misma (uno lee un poema de un autor y se da por satisfecho o, como mucho, corre a comprar el libro que lo contiene) el anuncio publicitario es un medio que persigue un objetivo ajeno a su propio entramado retórico. El lenguaje publicitario tiene algo de vicario, señala a algo nítido, algo que podemos encontrar fácilmente en el estante de un supermercado o tras el cristal impoluto de un concesionario de automóviles. La cadena de imágenes/metáforas publicitarias (la cadena de búsqueda) puede que incorpore un elevado número de influencias y conexiones culturales; el problema es que convergen demasiado rápido al objeto susceptible de ser consumido, ahorrándonos la falta de inmediatez y, por tanto, el misterio de la poesía.

Y el verbo se hizo carne (enlatada)

El antropólogo Jean Pierre Vernant muestra en sus libros la interdependencia y la homología de las estructuras políticas y religioso-filosóficas en la Grecia antigua. Así prueba hasta qué punto la isegoría (equiparación del discurso de los ciudadanos en el ágora o plaza pública) está vinculada al nacimiento del logos filosófico (un logos que, a diferencia del mito, es un discurso que busca la aceptación universal). Es curioso que otro momento de resurgimiento de la filosofía (sobre todo la neoplatónica) como es el Renacimiento italiano coincida a su vez con un nuevo tipo de democratización, no ya de la palabra, sino de la visión y, con esto quiere decirse, de la perspectiva y de los tipos representados. Los pintores renacentistas combinan el retrato nobiliario con el de modestos trabajadores. El mismo Pietro Aretino llega a lamentar esta proliferación de tipos 'mediocres' en las pinturas cuando afirma que 'hasta los sastres y los carniceros aparecen vivos en la pintura'. Creo que lo que se viene denominando como cultura pop no supone sino un nuevo 'Renacimiento' en el sentido de una democratización que va más allá de los tipos y que llega a la esencia de la imagen. El paradigma de cuanto se afirma puede encontrarse en la portada del Sgt. Pepper's, de los Beatles. Recodemos la imagen: junto a los divos mancunianos aparecen Bob Dylan, E. A. Poe, Cassius Clay, Shirley Temple, Carlos Marx, y un largo etcétera. Cuando un pintor renacentista pinta a un sastre nada impide que éste siga siendo en esencia un sastre, el pintor hace notar aquello que es un sastre y que lo distingue precisamente de otro trabajador manual o de un burgués o un cortesano. En el universo pop las esencias se desdibujan, sin embargo. Un sencillo trabajador puede convertirse en un superhéroe, tras una metamorfosis que dejaría boquiabierto al mismísimo Ovidio. Micky Mouse y Albert Einstein se abrazan y danzan al compás de Milli Vanilli, olvidando las terribles consecuencias que producen el encuentro de partícula y antipartícula.


El aleph e internet, o por qué Borges no necesita levantar la cabeza

Borges imaginó el aleph, ese objeto esférico donde uno podía contemplar toda la existencia. El mismo año de la muerte del autor argentino, Tim Berners-Lee, un físico que trabajaba para el CERN, ubicado en Ginebra, anda desarrollando la World Wide Web o, lo que es lo mismo, internet, tal y como hoy lo conocemos. Borges, a su vez, nace en el momento en el que un matemático alemán, George Cantor, desarrolla su teoría de los números transfinitos. Cantor demuestra que existen dos tipos distintos de infinitos, el infinito numerable, al que denomina alef sub cero, y otro infinito, no numerable, continuo, que llama alef sub uno. Es fácil probar que ese infinito no numerable es el mismo que el que constituyen las cadenas infinitas de ceros y unos. Coincidencias en el espacio y en el tiempo. Borges es enterrado en el cementerio des Rois de Ginebra. Otra vez, como sucedía con las novelas de Verne, un objeto que nace en la imaginación del hombre, una estructura antropológica que quizás pueda rastrearse hasta las especulaciones del Museo mitológico en su perdido tratado acerca de la esfera, acaba haciéndose real. Tim Berners-Lee cumple el sueño del autor argentino. Ha surgido un nuevo ser, la red, un ser que reconfigura nuestra manera de relacionarnos y de aprender, un ser que, como el conjunto de Cantor, posee la potencia del continuo (¿qué es una página web, en el fondo, sino una sucesión de ceros y unos?). El alef sub uno de Cantor, el aleph de Borges, la WWW de Berners-Lee. Si el filósofo norteamericano Walter Watson clasifica las épocas de la humanidad en ónticas, epistemológicas y semánticas, quizás internet suponga el impulso definitivo que nos permita pasar de esta época semántica a una nueva época óntica (lo digital, en contraposición -o complementariedad- con lo analógico, sería ese nuevo ser del que estamos hablando), época que requeriría del poeta una reinvención de la analogía o, dicho de otra manera, de conexiones dentro de ese nodo de simultaneidad que es el aleph. El clickeo sobre la interface, ese nuevo tacto, se nos aparece entonces como el 'como' poético, una herramienta metafórica cuya importancia sólo empezamos a atisbar.

Observando a su vez la escritura como un modo de memoria artificial (algo de lo que ya se dio cuenta Platón), la red supone una ampliación exponencial de nuestra 'memoria', un exocerebro artificial que ofrece posibilidades casi infinitas. Obras de netart como las de Cristophe Bruno (estoy pensando, en particular, en 'fascinum', donde se nos muestra en tiempo real las 10 imágenes más vistas por los internautas en 7 países distintos -entre ellos, el nuestro-) ayudan a entender la web como un ser dotado de alguna manera de conciencia al que se pudiera por tanto psicoanalizar. Internet -junto al disco duro de nuestro PC- como una conciencia y una memoria extendida, y por tanto poetizable, novelable. Una posibilidad añadida para poetas y novelistas, sólo una posibilidad, pero, desde luego, nada desdeñable. El contenido de nuestra carpeta de 'incoming' de e-mule o nuestro listado de 'favoritos' puede decir tanto o más de nosotros que la manera como sujetamos la cucharilla del café o el contenido de nuestra biblioteca.

Pero no se alarmen los más conservadores, si lancen las campanas al vuelo los profetas de la ultimísima vanguardia. No olviden que todo el tiempo hemos estado hablando de metáforas; de errores, por tanto. Todo esto, señoras y señores... Ustedes ahí, yo aquí, estas palabras... Todo esto no es más que un afortunado error.

4 comentarios:

Tropovski dijo...

Cuando escuché la noticia del acelerador de partículas, yo también imaginé a Borges dispuesto desde su tumba en Ginebra, también bajo tierra, a que el universo recomenzase en miniatura -de momento, después ya veremos si se expande el simulacro- al dictado -¿desdictado? ¿similar o simiesco?- de su obra.

Extraordinario hartículo.

Anónimo dijo...

Qué ponencia tan interesante. Cuánto me alegro de que la hayas incluido en tu blog, que me permite ir siguiendo la pista de tus brillantes reflexiones a lo largo de los años. Sólo, si se me permite, una pequeña corrección (a propósito de errores): cuando retomas la idea de "democratización" de la cultura expuesta en el libro "Esto no es música" de Jose Luis Pardo, al igual que él, citas a los Beatles, esta vez como "los divos mancunianos", pero no son de Manchester, sino de Liverpool (el "Manchester sound" vendría después).

hautor dijo...

Pues tienes muchísima razón. Pero ya lo dejo así. Hay que ver qué cosas que pasan. Todo esto viene de que yo visité Liverpool viajando desde Manchester, y al final se me ha quedado grabada esa extraña relación Beatles-Manchester. Bueno, mi chino, que yerra y yerra y... Ya se sabe. Gracias por la lectura, y por la corrección.

Pedro Pergamo dijo...

Magnífico, mágnifico el chino y mágnifico el hautor, pero más mágnifica la relación entre ambos, se ve que hay química y se entienden de una forma imperfectamente bella, creando una nueva metáfora que se explica a si misma como pocas.