viernes, 8 de febrero de 2008

The anxiety of influence

Tómese a los Parvulitos y reclúyaselos en una habitación acolchada. Al atravesar la puerta de entrada habrán podido leer en un cartel colgado del umbral la famosa frase de Kafka: "El lugar ideal para la escritura es una habitación subterránea, al fondo de un larguísimo pasillo; y en ella una única ventana atravesada de barrotes". Dentro de la habitación puede verse la ventana, demasiado alta como para que los Parvulitos la alcancen de puntillas. Del techo colgará una bombilla desnuda que ilumina la estancia con una luz macilenta. En un momento dado atravesará la puerta un hombre de complexión fuerte, alto, con un mostacho hirsuto que contrasta con una incipiente calvicie. Es el Maestro. Ante él los Parvulitos cuadrarán marcialmente sus botines. Frente a ellos, el Maestro los examinará, recorriendo la fila con la mirada de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Con parafernalia ritual, el Maestro aflojará su correa, liberará el botón de sus pantalones y los dejará caer hasta los tobillos. Después levantará una mano y, con el dedo extendido, distinguirá de entre la masa indiferente de Parvulitos a uno de ellos. El elegido dará un paso adelante, después otro. Entre temblores trufados de emoción, se allegará hasta el Maestro y se dejará tomar dócilmente de la mano. Observen y aprendan, serán las únicas palabras del Maestro. Y los pequeños puños se crisparán en su posición de firmes, disciplinados, mientras sus dientes blancos se hunden en los labios y paladean junto al sabor a regaliz el regusto amargo de la envidia.