jueves, 21 de febrero de 2008

Yo voy al primero, ¿y usted?


Llamemos E al espacio interior de un edificio, es decir al volumen que contienen las superficies exteriores, normalmente cerradas en forma prismática. Llamemos EH a la parte de este volumen habitable, es decir, al espacio delimitado por las paredes que configuran las habitaciones, pasillos, ascensores, etc. Denominemos, por último, E\EH al espacio interior no habitable, ese espacio encerrado en los conductos de ventilación, tuberías, hueco del ascensor, etc. Está claro que ese espacio intermedio posee una naturaleza siniestra, inhóspita (unheimlich, diríamos en alemán). Ese espacio es la mina de la que se abastecen tantas y tantas escenas de terror cinematográficas, tantas y tantas pesadillas. Es el espacio donde los monstruos acechan y rumian su amenaza. En No es país para viejos, los hombres que mueven los hilos del mal viven instalados en la planta de un edificio que excede el número de plantas que pueden contarse desde su exterior (un personaje manifiesta su asombro por ello). No es un piso fantasma. Esa planta forma parte del espacio E\EH. El misterio y el mal viven agazapados junto a nosotros, debajo de nuestra propia piel, al lado de nuestros pensamientos más altruistas.