jueves, 30 de septiembre de 2010

Todavía sigo aquí

Tengo ganas de ver la nueva película de Casey Affleck, titulada Todavía sigo aquí. Durante algún tiempo se dudaba acerca del fake que está en la base de la película: el abandono de Joaquin Phoenix de su carrera de actor para hundirse en un submundo a años luz del glamour hollywoodiense. El propio Joaquin apareció hace un año en el programa de Letterman para anunciar su nueva condición de paria, encarnando una especie de avatar del gran Leboswki.



La audiencia y, por supuesto, el propio presentador no sospecharon que Phoenix pudiese estar representando una farsa. Apenas un año después aparece la película de Affleck (cuñado, recordemos, de Joaquin), una especie de documental que da cuenta de la degradación a la que se entrega voluntariosamente la otrora estrella cinematográfica.



Algunos espectadores y críticos sospechan. La mayoría cree sin embargo que el verdadero Phoenix es el Phoenix de la película. Hasta que hace tan sólo unos días Phoenix vuelve al programa de Letterman para pedir disculpas y reconocer que todo ha sido un montaje, una broma urdida en alguna familiar sobremesa.



Creo que lo interesante es extraer una moraleja de todo esto. Hace tiempo que -casi- nadie lee ingenuamente un periódico, conocedores como somos de que la manipulación o el partidismo pueden penetrar a través del menor resquicio de la noticia. Poco a poco nos hemos ido habituando (aunque todavía es multitud la hueste de creyentes catódicos) a que la imagen, en particular la televisiva, también puede cometer errores o mentir abiertamente. Por otra parte hace tiempo que disfrutamos las delicias del falso documental. Lo que diferencia a la película de Affleck del falso documental es que el actor desarrolla un personaje que previamente ha exhibido en 'la realidad' (al menos en la realidad televisiva). Todavía sigo aquí sirve de algún modo para inocular en el espectador de cine y, sobre todo, en el televidente, la sospecha acerca no de la verdad del cine (algo descartado casi de inmediato) sino de la verdad mediática. Cabe preguntarse, por último, hasta qué punto Joaquin finge el personaje o simplemente se ha ha dejado llevar durante un tiempo por un ímpetu metamórfico. Todavía no he visto la película, pero por si acaso prefiero quedarme con la duda.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Parecidos razonables

Entre All the lovers, de Kylie Minogue, y ese nuevo descubrimiento de una obra salida -al parecer- de las manos y los pinceles de Brueghel el Viejo (El vino en la fiesta de San Martín). Juzguen ustedes mismos:



sábado, 25 de septiembre de 2010

Finalistas del Premio Setenil

Hace unos días supe que Atractores extraños había sido seleccionado como uno de los finalistas del premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en el último año. Estoy seguro de que habrá resultado difícil discriminar estos diez libros de un total de 82 que se presentaron al certamen. Quiero tener presente a aquellos libros que han sido descartados en esta primera criba, algunos de ellos excelentes. Quiero asimismo agradecer a Susana y Gonzalo (mis editores) la confianza depositada en el libro. Gracias también a Miguel Ángel Hernández Navarro, a Jesús Andrés y a Juan Jacinto Muñoz Rengel (al que pueden ver también en la lista) por acompañarme en las presentaciones y por su trabajo. Ahora sólo resta cruzar los dedos y esperar que los astros se alineen el día del fallo.

Los hábitos del azar, Francisco López Serrano (Renacimiento).
Teoría de todo, de Paula Lapido (Tropo).
Un koala en el armario, de Ginés S. Cutillas (Cuadernos del Vigía).
Atractores extraños, de Javier Moreno (InÉditor).
Fantasías animadas, de Berta Marsé (Anagrama).
El menor espectáculo del mundo, de Félix J. Palma (Páginas de Espuma).
Azul ruso, de Patricia Esteban Erlés (Páginas de Espuma).
De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel (Salto de Página).
Bajo el influjo del cometa, de Jon Bilbao (Salto de Página).
El mes más cruel, de Pilar Adón (Impedimenta).

domingo, 19 de septiembre de 2010

Elegía

Reseña de Elegía, de Mary Jo Bang, en revistadeletras.


jueves, 9 de septiembre de 2010

Veintidós pasos en el interior de la luz

Esto. Una cosa. Nada más sencillo. Bastarían unas pocas palabras. Como dedos tiene la mano. Adecuar el fondo a la forma. Hay cosas en la vida realmente insignificantes. Sucesos efímeros que se extinguen como el rayo. Se trata de separar el grano de la paja. El objetivo es minimizar el lenguaje que albergará un pensamiento. Que la precisión sea telos de aquello que pugna por expresarse. Lo superfluo como un vicio que aboca al pozo de lo errático. Al igual que la recta minimiza la distancia entre dos puntos del espacio. La frase ha de ser un acorde y su modelo una pulsación de armónicos. Si un hecho, una emoción o pensamiento son complejos, desgranarlos en sus componentes más simples. La estrategia a seguir es la de un oscilador más bien que la de un martillo. El mar es sabio, jamás optaría por golpear la tierra que lo circunda con una sola ola. De lo contrario corremos el peligro de desbordar el horizonte cuando no sabemos qué habrá del otro lado. Podemos, es cierto, amplificar o retraer la existencia y solazarnos con las texturas de las escalas superiores e inferiores. Pero una vez localizado el objetivo nada nos impide delimitarlo y ofrecerlo como improvisada diana a la flecha del lenguaje. La luz sin ningún dónde que aproxima el misterio de su origen a la retina ha de ser considerada nuestro maestro. Encender la luz, abrir los ojos a su destello fulgurante y, tras el deslumbramiento, atraparla para siempre tras la compuerta del párpado.

martes, 7 de septiembre de 2010

Ochomiles

Nueva columna en Culturamas.

viernes, 27 de agosto de 2010

Oscuro bosque oscuro




Sé que alguien pensará que no es lo más recomendable, tumbado en la playa o rodeado de un encantador paraje, leer un libro donde se nos narra el exterminio de una multitud de personas que merecen el mero calificativo de ‘insectos’, un libro donde los cuentos acaban tan mal como recién salidos de las manos de los Perrault, si no peor. No lo discuto. Sí daré sin embargo algunos motivos para que el lector pase por encima de estos prejuicios.

Partiendo de la convicción de que un libro es un método de protección solar superior a cualquier crema protectora creo que Oscuro bosque oscuro es un libro de fácil digestión y sin embargo altamente nutritivo. En primer lugar, es un libro escrito como si se tratase de poesía, con renglones quebrados. Pero no es esto, naturalmente, lo que asimila a este texto con la poesía sino la repetición (que alcanza hasta al propio título) de palabras y expresiones, esa aliteración que aparece siempre en los manuales como figura esencial del discurso poético. Y de lo siniestro, al decir de Freud. La historia, no engañaremos a nadie, lo es. Volpi no parece dispuesto a abandonar su fascinación por el nazismo (por el mal, sería más correcto decir, ya que a lo largo de la novela en ningún momento se mencionan ideologías, lugares ni tiempos concretos) y nos ofrece una historia donde hombres corrientes son alistados para recibir una instrucción cuya finalidad es el exterminio. Hasta ahí me permito contar.

Lo interesante, como casi siempre, no es tanto la historia, sino el modo en que está narrada, muy cerca de la oralidad y del tono de los cuentos tradicionales. El resultado: un inyectable literario de extrema pureza que transita directo hacia el imaginario del lector. Podríamos decir que Oscuro bosque oscuro es un cuento de terror para adultos. Interesante resulta asimismo cómo el autor introduce al lector en la obra, apelándolo continuamente, incluyéndolo como personaje que asiste y –tal vez- participa en la masacre, solicitando por parte del lector real un compromiso ético que lo aleja del usual efecto de ‘suspensión del descreimiento’ y que le obliga a preguntarse por su papel dentro de la historia, de toda historia, antídoto contra la generalizada condición del lector como mero espectador de la obra.

El verano, es cierto, es época propicia para la languidez y una saludable despreocupación. Conviene, sin embargo, como en esa famosa escena de Terciopelo azul, asomarse de vez en cuando bajo el césped que acaricia nuestros pies desnudos camino de la playa, la piscina o el lago.


Jorge Volpi
Editorial Salto de Página, Madrid, 147 págs.