sábado, 23 de octubre de 2010
miércoles, 20 de octubre de 2010
Lenguaje científico y lenguaje literario: hacia un diccionario unificado.
Imparte: Javier Moreno
Lugar: Librería Eléctrico Ardor
Horario: Cada viernes a partir del 12 de noviembre (19-20:30 horas). 12 sesiones.
¿Hasta dónde es posible hablar de inconmensurabilidad en relación a los lenguajes científico y literario?
¿Es posible elaborar un lenguaje básico de ideas/conceptos que permitan transitar ambos dominios epistemológicos?
¿Hay bases sólidas, partiendo de las ideas anteriores, para hablar de un nuevo humanismo?
Partiendo de nociones como los ‘conceptos viajeros’ (Mieke Bal), la ontología formalista de Alain Badiou o el discurso transdisciplinario (Basarab Nicolescu) intentaremos en este laboratorio elaborar un lenguaje que pueda servirnos para discutir acerca de las diferencias y semejanzas del lenguaje científico y literario. Se discutirá cómo la teoría axiomática de conjuntos puede proveer de una formalización lógica de la metáfora cuyo fundamento radicaría en la inconsistencia de todo ser (múltiple, en términos de Badiou) y su radical apertura a la alteridad. Metáfora, error, ruido, infinitesimal, autosemejanza… serán algunos de los conceptos que nos permitirán transitar de un territorio a otro, sin olvidar el estudio de textos (Mallarmé, Miroslav Holub, Roberto Juarroz, Duchamp, Poe, etc) concretos donde podremos aplicar las nuevas herramientas de lectura y crítica.
miércoles, 6 de octubre de 2010
El olvido del 'ser artista'
Alfred Jarry describe en su Gestas y opiniones del doctor Faustroll una extraña máquina ubicada en el Palacio de las Máquinas de París. La ‘máquina de pintar’, un diseño del pintor Henri Rousseau, estaría fabricada de elementos inmateriales y se encargaría de cubrir de manchas los lienzos en ausencia del ser humano. Porque, todavía no lo hemos dicho, la tarea de dicha máquina sería la de producir arte en un mundo donde ya no quedase ningún ser humano y los alrededores de dicho palacio no fuesen sino un amontonadero de escombros. Sin duda la máquina de Rousseau que es la máquina de Jarry representa como ningún otro artefacto la culminación del destino de occidente, el dominio absoluto de la técnica, el gestellen heideggeriano llevado al último extremo, donde la disposición de las cosas (ya no seres, ya no ‘entes’) hubiese prescindido del último destinatario: el hombre. Podemos ver en la máquina de Rousseau la cifra del destino de la metafísica del arte: el olvido del ‘ser artista’, el arte convertido en un automatismo capaz de prescindir del autor (algo que ya sugiere Mallarmé en su alegato a favor del azar en Un coup de dés -¿qué es el azar sino un modo aparentemente trascendente de prescindencia autorial?- y que llega hasta el shooting into the corner de Anish Kapoor). Sin duda este olvido del ‘ser artista’ no es sino una sinécdoque de la matraca heideggeriana del olvido del ser, una matraca que es el ruido de fondo de la ontología de al menos el último siglo. El artista replica a pequeña escala y de modo secularizado la cuestión teológica del dios trascendente alejado de su creación. Sólo era cuestión de dejar pasar el tiempo, el secreto de todos los contagios, incluso de los contagios poéticos. Digamos que el dios trascendente es al artista como el mundo es a la obra de arte. El hombre se retira del arte y abandona la producción de la obra a un automatismo (llámese azar, cut-up, algoritmo o liso y llano -programado, eso sí- zambombazo) para dedicarse placenteramente a su contemplación, del mismo modo que el dios trascendente contempla su creación desde la comodidad de su trono celestial, como si el destino del ser no fuese sino algo tan prosaico y humano como la vagancia. La técnica se ha revelado como el medio de conseguir que las cosas hagan cosas a las cosas. El arte es un producto más de esta cadena de la que el hombre ha dimitido para mejor poder contemplarla. Tarea cumplida. Well done. Con un par. Somos la hostia.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Todavía sigo aquí
Tengo ganas de ver la nueva película de Casey Affleck, titulada Todavía sigo aquí. Durante algún tiempo se dudaba acerca del fake que está en la base de la película: el abandono de Joaquin Phoenix de su carrera de actor para hundirse en un submundo a años luz del glamour hollywoodiense. El propio Joaquin apareció hace un año en el programa de Letterman para anunciar su nueva condición de paria, encarnando una especie de avatar del gran Leboswki.
La audiencia y, por supuesto, el propio presentador no sospecharon que Phoenix pudiese estar representando una farsa. Apenas un año después aparece la película de Affleck (cuñado, recordemos, de Joaquin), una especie de documental que da cuenta de la degradación a la que se entrega voluntariosamente la otrora estrella cinematográfica.
Algunos espectadores y críticos sospechan. La mayoría cree sin embargo que el verdadero Phoenix es el Phoenix de la película. Hasta que hace tan sólo unos días Phoenix vuelve al programa de Letterman para pedir disculpas y reconocer que todo ha sido un montaje, una broma urdida en alguna familiar sobremesa.
Creo que lo interesante es extraer una moraleja de todo esto. Hace tiempo que -casi- nadie lee ingenuamente un periódico, conocedores como somos de que la manipulación o el partidismo pueden penetrar a través del menor resquicio de la noticia. Poco a poco nos hemos ido habituando (aunque todavía es multitud la hueste de creyentes catódicos) a que la imagen, en particular la televisiva, también puede cometer errores o mentir abiertamente. Por otra parte hace tiempo que disfrutamos las delicias del falso documental. Lo que diferencia a la película de Affleck del falso documental es que el actor desarrolla un personaje que previamente ha exhibido en 'la realidad' (al menos en la realidad televisiva). Todavía sigo aquí sirve de algún modo para inocular en el espectador de cine y, sobre todo, en el televidente, la sospecha acerca no de la verdad del cine (algo descartado casi de inmediato) sino de la verdad mediática. Cabe preguntarse, por último, hasta qué punto Joaquin finge el personaje o simplemente se ha ha dejado llevar durante un tiempo por un ímpetu metamórfico. Todavía no he visto la película, pero por si acaso prefiero quedarme con la duda.
La audiencia y, por supuesto, el propio presentador no sospecharon que Phoenix pudiese estar representando una farsa. Apenas un año después aparece la película de Affleck (cuñado, recordemos, de Joaquin), una especie de documental que da cuenta de la degradación a la que se entrega voluntariosamente la otrora estrella cinematográfica.
Algunos espectadores y críticos sospechan. La mayoría cree sin embargo que el verdadero Phoenix es el Phoenix de la película. Hasta que hace tan sólo unos días Phoenix vuelve al programa de Letterman para pedir disculpas y reconocer que todo ha sido un montaje, una broma urdida en alguna familiar sobremesa.
Creo que lo interesante es extraer una moraleja de todo esto. Hace tiempo que -casi- nadie lee ingenuamente un periódico, conocedores como somos de que la manipulación o el partidismo pueden penetrar a través del menor resquicio de la noticia. Poco a poco nos hemos ido habituando (aunque todavía es multitud la hueste de creyentes catódicos) a que la imagen, en particular la televisiva, también puede cometer errores o mentir abiertamente. Por otra parte hace tiempo que disfrutamos las delicias del falso documental. Lo que diferencia a la película de Affleck del falso documental es que el actor desarrolla un personaje que previamente ha exhibido en 'la realidad' (al menos en la realidad televisiva). Todavía sigo aquí sirve de algún modo para inocular en el espectador de cine y, sobre todo, en el televidente, la sospecha acerca no de la verdad del cine (algo descartado casi de inmediato) sino de la verdad mediática. Cabe preguntarse, por último, hasta qué punto Joaquin finge el personaje o simplemente se ha ha dejado llevar durante un tiempo por un ímpetu metamórfico. Todavía no he visto la película, pero por si acaso prefiero quedarme con la duda.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Parecidos razonables
sábado, 25 de septiembre de 2010
Finalistas del Premio Setenil
Hace unos días supe que Atractores extraños había sido seleccionado como uno de los finalistas del premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en el último año. Estoy seguro de que habrá resultado difícil discriminar estos diez libros de un total de 82 que se presentaron al certamen. Quiero tener presente a aquellos libros que han sido descartados en esta primera criba, algunos de ellos excelentes. Quiero asimismo agradecer a Susana y Gonzalo (mis editores) la confianza depositada en el libro. Gracias también a Miguel Ángel Hernández Navarro, a Jesús Andrés y a Juan Jacinto Muñoz Rengel (al que pueden ver también en la lista) por acompañarme en las presentaciones y por su trabajo. Ahora sólo resta cruzar los dedos y esperar que los astros se alineen el día del fallo.
Los hábitos del azar, Francisco López Serrano (Renacimiento).
Teoría de todo, de Paula Lapido (Tropo).
Un koala en el armario, de Ginés S. Cutillas (Cuadernos del Vigía).
Atractores extraños, de Javier Moreno (InÉditor).
Fantasías animadas, de Berta Marsé (Anagrama).
El menor espectáculo del mundo, de Félix J. Palma (Páginas de Espuma).
Azul ruso, de Patricia Esteban Erlés (Páginas de Espuma).
De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel (Salto de Página).
Bajo el influjo del cometa, de Jon Bilbao (Salto de Página).
El mes más cruel, de Pilar Adón (Impedimenta).
Los hábitos del azar, Francisco López Serrano (Renacimiento).
Teoría de todo, de Paula Lapido (Tropo).
Un koala en el armario, de Ginés S. Cutillas (Cuadernos del Vigía).
Atractores extraños, de Javier Moreno (InÉditor).
Fantasías animadas, de Berta Marsé (Anagrama).
El menor espectáculo del mundo, de Félix J. Palma (Páginas de Espuma).
Azul ruso, de Patricia Esteban Erlés (Páginas de Espuma).
De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel (Salto de Página).
Bajo el influjo del cometa, de Jon Bilbao (Salto de Página).
El mes más cruel, de Pilar Adón (Impedimenta).
domingo, 19 de septiembre de 2010
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