sábado, 28 de abril de 2012
SOS 4.8
jueves, 5 de abril de 2012
Por fin, lo que todos los críticos andaban buscando. Un criterio (birlado a las matemáticas) para valorar la calidad literaria.
Leí hace unos días dos libros de Alpha Decay, Trilobites, de Breece D’J Pancake y En época de monstruos y catástrofes de Camille de Toledo. Los dos me gustaron, uno más que otro. Me pongo a pensar por qué me gusta uno más que el otro y me lleno de dudas. Estoy seguro de que hace veinte o diez años mi elección habría sido la contraria. Me habría decantado por el libro de de Toledo porque parece más arriesgado y más desestructurado y su temática es más moderna y todo eso. Pero hoy, a cinco de abril de 2012, me decanto por la obra de Pancake. Creo que las preferencias (de todo tipo y, en particular, las literarias) tienen que ver con eso que en probabilidad se llama la ley de los grandes números. La ley de los grandes números dice que si un experimento aleatorio se repite infinitas veces la probabilidad de que ocurra un suceso (a posteriori) coincide con la probabilidad teórica (a priori). Dicho a la pata la llana, lo que dice esta ley es que las posibilidades se reparten equitativamente a lo largo del tiempo y que las malas (o buenas) rachas se acaban compensando con sus respectivas buenas (o malas) rachas. La ley de los grandes números certifica que el universo es justo, que no está trucado, que todo lo que sube baja y viceversa, que una cosmología es siempre un juego de suma cero. Lo malo es que las malas rachas pueden durar mucho tiempo y que tal vez la mudanza no nos pille vivos para verla y disfrutarla. La ley de los grandes números es así, justa y conservadora, como la mayoría del Constitucional, si descartamos el truco de las cuotas políticas. Qué le vamos a hacer si así es como funciona el universo y la ontología.
Y qué tiene que ver todo esto con los gustos literarios, se preguntará más de uno, y no sin razón. Me explico. Después de muchos años leyendo y escribiendo tengo una cosa clarísima, una certeza a la que soy fiel más que nada porque no tengo otras con las que engañarla. Y esta certeza tiene que ver con que un libro es tanto más perfecto cuanto más se acerca al vacío, que reconozco que es una frase enigmática bajo la cual puede camuflarse cualquier cosa, para empezar la ignorancia. Me sigo explicando. Llamo vacío precisamente al objetivo que pretende el tiempo, que es compensar unos entes con otros (algo de lo que ya habló Anaximandro) para que al final solo quede la insignificancia que es el estado natural de las cosas, algo que produce en el lector un efecto de melancolía y de satisfacción al mismo tiempo y, propter hoc, de haber comprendido no el engranaje, sino el eje alrededor del cual gira el universo.
Un buen texto sería así la metáfora de una ecuación como la siguiente:
1-1=0
pero con muchos términos que parecen sumarse o restarse y en realidad acaban compensándose y donde esos términos son paisajes y psiques y acciones y modos de hacer y pensar. Y creo firmemente que detrás del libro de Pancake, al otro lado del signo de igualdad, hay un cero perfecto y hermoso, mientras que el libro de Camille no lo consigue; que, pese a todos sus méritos, En época de monstruos y catástrofes es un texto trucado de modo que si uno lo abre por una página al azar casi siempre sale el mismo número. O a lo mejor todo esto que digo es una tontería y una coartada discursiva para justificar que me hago mayor. Cualquiera sabe.
jueves, 29 de marzo de 2012
A veces elegimos la infelicidad
domingo, 18 de marzo de 2012
Alimento para moscas

Aparezco poco por aquí, lo sé. Tengo mis motivos. La estupefacción y la rabia requieren un proceso largo. Mi neocórtex es rápido, pero digiere mal los estímulos procedentes del bulbo raquídeo, y eso dificulta las cosas. Hay una descompensación entre mi disco de arranque reptiliano y mi CPU. Me cuelgo a menudo y debo reiniciarme, y entretanto este blog sin actualizar. La naturaleza no existe, todo es tecnología y para curarme en salud compro revistas de informática y revisito el BASIC.
GOTO Alimento para moscas, de Jon Obeso (Lengua de Trapo)
Este es un libro grande, de esos que, los tires como los tires, siempre caen de pie, como los gatos y los satélites artificiales. Este libro lleva incorporado el giroscopio de la gran literatura y por eso es inmune a las modas. Como un Mister Olympia: lo mires por donde lo mires, encuentras músculo. Sé que hay gente a la que tanto músculo le da un poco de asco. Allá ellos. Este libro es lo que se llama un libro ‘inatacable’. Puede gustar o no, como puede gustar o no Miguel Espinosa o Julien Gracq o Thomas Bernhard, pero mientras los gustos pasan sus libros aguantarán firmes devolviendo al tiempo una sonrisa de Gioconda, que está tan de moda. Alimento para moscas no va de la crisis o, más bien, no va de esta crisis económica sino de esa crisis insuperable que afecta al que mira con lucidez y sin contemplaciones la estupidez y la miseria humana. Este libro va, en definitiva, de lo que van los grandes libros, de hacer literatura. Léanlo, háganme caso. Ya me agradecerán el consejo.
domingo, 26 de febrero de 2012
Castillos en el aire


-¿Ves esto, Nabil? Es un cascote, solo eso. Una mismidad anodina. Un nombre. Sería un milagro hacer este objeto imprescindible, dotarlo de cualidades de modo que su posesión nos pareciese valiosa. Esto es zazen. Solo una mente entrenada y despierta es capaz de lograrlo. El publicista es el anacoreta subido a su columna. Necesita el desierto a su alrededor para poder enfocar con mayor claridad dentro del caos de las imágenes. Examina sus emociones, sus sensaciones, sus ideales, y acaba haciendo un bloque con ellas, fabricando un peldaño más en la escalera que lo llevará a la sabiduría. ¿Qué es la Coca-Cola? Es una proyección universal y democrática, es una actitud indolente, es el vigor de la juventud, todo ello bajo el envoltorio de una bebida refrescante. La publicidad y la proliferación de imágenes son las dos caras de una misma moneda. El flujo de imágenes causa confusión y estupor. La publicidad las recoge en haces, las envuelve y empaqueta convenientemente. Las imágenes quedan atrapadas en el objeto y al mismo tiempo flotan sobre él. El objeto publicitario es onda y partícula, potencia y acto, descansa en el estante de un supermercado y al mismo tiempo se propaga por la superficie del planeta. Es la libélula azul posada sobre la superficie rugiente del océano. Nosotros, Nabil, podríamos hacer lo mismo con este cascote. Este cascote condensa nuestra contemporaneidad, representa la avidez, el dinero fácil, los activos tóxicos, la ruina moral y económica. Deberíamos envasarlos y distribuirlos a las grandes cadenas, por miles y millones. Cada casa debería tener uno de ellos luciendo sobre la estantería, metonimia del hogar que nos acoge. Hay algo de todos nosotros en este cascote, Nabil. Es hermoso. Es romántico. Millones de euros desperdiciados en la construcción de ruinas. Una de las más hermosas obras de arte. Se recordará en el futuro a este país por esto. Hemos construido nuestra propia Roma. Una Roma de ladrillo y cemento. A la entrada de todos estos edificios habrá en un futuro taquillas y largas colas de turistas. Nosotros inventamos el arte del siglo XXI: la ruina sobrevenida.
martes, 7 de febrero de 2012
Pocoyó explicado a los adultos
Los telespectadores afectados se declaran ofendidos por el aprovechamiento comercial de un loable movimiento ciudadano –supuestamente- ubicado en las antípodas del Moloch capitalista. Resulta difícil de explicar o, al menos, exige un ejercicio de paciencia y sano distanciamiento por parte del interlocutor, el hecho de que, al contrario de lo que se pueda pensar, los publicistas contratados por la multinacional no hacen sino reflejar la dinámica de trabajo habitual dentro de sus departamentos. Si hubiese que remitirse a la bibliografía, ahí están La conquista de lo cool o El nuevo espíritu del capitalismo, para justificar y probar lo que digo. El tercer estadio del capital (me remito a la terminología del segundo de los libros citados), surgido en las corporaciones estadounidenses de los años sesenta, se basa en un igualitarismo avant la letre donde las ideas de cada individuo pueden y deben ser aprovechadas para el bien común de la empresa. Pueden ahorrarse la bibliografía y ver simplemente la serie Madmen para hacerse una idea de lo que digo. La actitud asamblearia, como en su momento (años 60) la revuelta contra la alienación del hombre máquina corporativo, no brota naturalmente de las calles sino que es el propio sistema económico el que inevitablemente se adelanta a las actitudes políticas (en su momento las empresas publicitarias de Madison Avenue y, tras ellas, el resto).

Desde el sistema educativo hasta los dibujos de Pocoyó inciden en la idea de trabajo en red, preparando a las nuevas remesas de retoños en los hábitos del capitalismo digital en el cual vivimos y viviremos en el futuro. La asamblea existe porque es rentable. Primero fue la empresa y después la política. Los publicistas de telefónica, pese a quien pese, solo constatan este hecho.
domingo, 5 de febrero de 2012
Nueva poesía vertical

El mundo es el segundo término
de una metáfora incompleta,
una comparación
cuyo primer elemento se ha perdido
¿Dónde está lo que era como el mundo?
¿Se fugó de la frase
o lo borramos?
¿O acaso la metáfora
estuvo siempre trunca?
