martes, 18 de diciembre de 2012

Matate, amor

A veces, porque uno es así de descreído, llego a pensar que la literatura ha perdido algo de su magia o que soy yo el que la ha perdido y añoro la vuelta a mi adolescenacia y el olvido paradisíaco y virginal que me devuelva a Whitman y Borges y Rimbaud y, ay, al torpe pero inolvidable éxtasis de la primera vez. Pero ocurre, sigue ocurriendo, que uno se tropieza con un libro que le disuelve el cinismo y ya no dice para sí mismo 'esto está bien escrito, pero...' o 'esto está muy pero que muy bien escrito, pero...'. Ya saben a lo que me refiero porque el cinismo es de lo mejor repartido entre críticos y escritores y corredores de Bolsa y a las charlas de café y copa -y cigarrillo en la puta calle- me remito.  Esto que escribo o parecido es lo que se me venía a la cabeza mientras leía Matate, amor de una escritora argentina llamada Ariana Harwicz. Cierto que siento debilidad por los escritores argentinos, lo mismo que por los jugadores de fútbol argentinos. Creo que dios ha llamado a ese país por los caminos del fútbol y la literatura y que yo mismo sería mejor escritor, y ya no digo futbolista, si fuera argentino. Si además el apellido de la autora es polaco y rima con Gombrowicz, miel sobre hojuelas. Matate, amor es una novela de una intensidad escalofriante. Cada página destila hectolitros de emoción, pero no esa emoción que desborda y deja al lector empapado y listo para la secadora, sino la emoción contenida en un lenguaje férreo y labrado con precisión milimétrica. Cada frase es una batalla del lenguaje con la emoción, una batalla extraña en la que ambos contendientes salen ganando. Podríamos llamarlo (buena) poesía. Se trata de la primera novela de Ariana Harwicz y sí, voy a cometer la pedantería y el lugar común de decir que se trata de un inicio deslumbrante, pero no de decir que augura una gran carrera literaria. Esta obra vale por sí misma. Podría ser la última de una larga trayectoria, el logro tras repetidos fracasos. Que no lo sea ni suma ni resta mérito. Me estremeció la lectura de sus páginas. Lo demás es literatura. 
 

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