sábado, 22 de septiembre de 2012

Espacio en blanco


La crisis lo confunde todo. Me despego un palmo de mí mismo y veo a un ser anonadado. Es como alguien que de repente pierde la fe. Es como leer a Nietzsche con dieciocho años, pero sin el entusiasmo de leer a Nietzsche con dieciocho años. Mi mente se parece a una nebulosa y los estados nebulosos, como se sabe, escapan al principio de no contradicción. O sea, que puedo pensar y sentirme dos cosas al mismo tiempo. Soy como la moral de un príncipe heredero, pero sin nada que heredar. A veces cuento los dedos de mi mano. Siguen siendo cinco, y resulta consolador. Siento que alguien me ha traicionado pero no pongo rostro al culpable. Se parece a mí pero no soy yo. Tiene cuatro años y me mira desde una fotografía en blanco y negro. Frunce el entrecejo porque sabe que le espero en un futuro que ya es este presente. Me recrimina algo. Eres estúpido, dice. Te vas a creer todos y cada uno de los cuentos que te cuenten de aquí hasta tus treinta años. No pierdas esta foto, llévala contigo. Soy tu ángel de la guarda, tu particular ángel de la historia. De tu historia. Soy la versión depauperada de ese niño sabio, la confirmación de la segunda ley de la termodinámica. Un cerebro en desorden. Un desorden de palabras. Escribir es una costumbre, un lugar al que volver, un ciclo consolador como las estaciones y los cumpleaños. Solo se requiere de un poco de tiempo y de un escueto rincón. Pero hay ruido, demasiado ruido. Las cosas proliferan y apenas dejan espacio. Cuesta arrancarle al balbuceo de la actualidad una página en blanco.
 

lunes, 27 de agosto de 2012

Aplicación Hopper


Creo que existe un filtro Hopper, igual que existe un filtro Valencia o un filtro Walden (Instagram). Retiro lo dicho. No hay un filtro Hopper, sino varios, y la obra del pintor norteamericano es en sí misma una aplicación que sirve para mirar al mundo y sonsacarle a su misterio un puñado de hermosas imágenes. He aquí algunos de los filtros que se me ocurren a botepronto de esa aplicación Hopper, de esa máquina Hopper.

1.-Filtro giro romántico de noventa grados. Tomemos un cuadro de Caspar Friedrich. Mejor dicho, imaginemos que somos Caspar Friedrich, un Caspar Friedrich del siglo XX. Decidimos entonces que, en lugar de representar a nuestros personajes de espaldas y observando un paisaje imponente, los representaremos al bies, mirando algo desconocido que no figurará en el cuadro. Eso desconocido implica a la imaginación del espectador. Puede ser algo banal, probablemente lo sea. Tampoco descarto lo maravilloso. De hecho yo opino que todos los seres de este mundo son maravillosos. El de Hopper es un romanticismo inmanente y elíptico, el único disponible en los tiempos que corren.
 

2.-Filtro Espinario. En muchos cuadros de Hopper la apariencia de sus protagonistas es de ensimismamiento. Hombres y mujeres (sobre todo mujeres) absortos en una tarea que reclama toda su atención, algo que produce una curiosidad insoslayable en el espectador, un efecto de inmersión, un deseo imperioso de ubicarse en lugar del personaje.
 
 

3.-Filtro Laocoonte. Casi todos los cuadros de Hopper parecen fotogramas perdidos de alguna película. Reflejan momentos pregnantes, el punto de tangencia entre un arte del espacio (la pintura) y un arte del tiempo (el cine).  Lessing estaría orgulloso de Hopper. Hay una historia detrás de cada cuadro de Hopper. Por eso Hopper le gusta tanto a tantos escritores.
 
 
4.-Filtro Psicosis. Creo que Hopper es fundamentalmente un paisajista. Hasta cuando aparecen personas en sus cuadros la impresión es la de estar contemplando un paisaje. Los cuadros de Hopper nos dicen qué le ocurre a las cosas cando se quedan solas. Los cuadros de Hopper parecen hablar de un mundo postapocalíptico en el que ya no quedan seres humanos. Es terrible. Las cosas se han librado de nosotros, de esos seres que creían saber cómo eran y en qué consistían, y ahora pueden mostrarse libremente, exhibir ante un mundo despoblado toda la siniestra poesía que llevaban dentro.
 

jueves, 9 de agosto de 2012

Batman o la vacuna contra la revuelta


No hay ninguna duda de que la saga Batman de Christopher Nolan funciona como una especie de laboratorio simbólico donde los personajes representan fuerzas y valores que entroncan con lo más profundo de la psique individual y –digamos- social. Sus películas están dotadas de ese onirismo que confunde si cabe aún más a los psicóticos atraídos por la violencia, incapaces de distinguir la ficción de la realidad, hasta tal punto que en Estados Unidos ir a ver Batman a una sala de cine parece haberse convertido en un comportamiento de alto riesgo. Resulta reiterativo (y sintomático), por ejemplo,  el uso que hace Nolan del tópico antropológico del chivo expiatorio. El director se diría heredero de las teorías de René Girard que, como se sabe, convierte al chivo expiatorio en una de las claves de bóveda de su pensamiento (monótono pero resultón, todo hay que decirlo) y que sirve para justificar ‘científicamente’ las bondades del cristianismo. Nolan trae a la palestra cuestiones antropológicas que parecieran desfasadas y latentes y que sin embargo forman parte –más o menos oculta- de nuestro día a día. Basta seguir las noticias para darse cuenta de hasta qué punto resulta útil políticamente la estigmatización de colectivos (controladores aéreos, funcionarios, o lo que se tercie) para justificar medidas impopulares. Mi objeción proviene precisamente de la presentación acrítica de dicho recurso. Recordemos que, en esencia, tanto Harvey Dent como el propio Batman resultan chivos expiatorios que sirven para mantener el status quo, catalizadores para escapar al caos. De hecho creo que la última entrega de la saga constituye una elaborada vacuna simbólica contra los ímpetus revolucionarios que flotan en el ambiente. Es difícil que el espectador no se identifique con la toma de La Bolsa por parte de Bane y sus secuaces o con el deseo de  juzgar a los corruptos y redistribuir la riqueza. Pero la identificación pronto se torna rechazo cuando Bane muestra a las claras su vocación terrorista y genocida, algo que funciona como aviso y objeción para aquellos que buscan cambiar las cosas y que podría traducirse en algo así como ‘ojo, que tras la revuelta contra la injusticia aguarda el caos y una injusticia aún mayor’. Así Bane podría ser Juan Manuel Sánchez Gordillo, el diputado de IU en el Parlamento Andaluz que asaltó hace unos días un supermercado de Mercadona, o el propio Zizek, si nos ponemos cosmopolitas y rimbombantes. Ya se sabe, lo mejor es que todo cambie para que todo siga igual. Lo importante es poderse pagar un viaje a Florencia y sentarse en una cafetería junto al Arno; y si en la mesa de al lado están Batman y su chica, mejor que mejor.

lunes, 6 de agosto de 2012

La imposibilidad de la política


Cada vez resulta más constatable la imposibilidad de hacer política. La urgencia en la toma de decisiones motivada por la crisis económica elimina una de las condiciones necesarias del ejercicio de la política, esto es, la perspectiva del medio y largo plazo y cierto decalage respecto a los acontecimientos de todo tipo que abastecen lo cotidiano. Hubo un momento en el que la disposición de las estrellas servía para tomar decisiones. Cierto que algunas actuaciones (la respuesta a una agresión externa, el remedio a una plaga) requerían la respuesta urgente  de un oráculo o un arúspice pero todo ello admitía como trasfondo una conciencia temporal que aspiraba a lo perdurable. En nuestros días son los vaivenes de la bolsa y de la conocida prima de riesgo los que determinan la actuación política. La diferencia de escala temporal entre los movimientos bursátiles (que transcurren en décimas de segundo) y los ciclos sociales (que se miden en años y legislaturas) produce el indeseable resultado del cortocircuito de la política. Es como si toda una cultura pretendiera gobernarse según el azar del movimiento browniano, algo que genera un estrés difícilmente sobrellevable por parte de sus confundidos ciudadanos. Algunos net.artistas como Lise Autogena y Joshua Portway han conseguido plasmar a mi parecer de un modo bastante efectivo lo dicho anteriormente. Ambos son los creadores de Black/Shoals Market Planetarium, una representación en tiempo real de la evolución de 10000 empresas de valores. Cada corporación es representada en el planetario por una estrella cuyo brillo dependerá de su cotización en ese momento, mientras que las constelaciones se dibujan atendiendo a la afinidad comercial de dichas empresas. Dicha obra se expuso por primera vez en  la galería de la Tate Modern de Londres en 2001 y fue nominada al Premio Turner Alternativo en 2002. Su título pretende rendir un irónico homenaje a la conocida fórmula de Black-Scholes que permite cuantificar el valor de una acción de bolsa y por el que sus creadores (pertenecientes a la famosa escuela de Chicago) fueron recompensados con el premio Nobel de economía en 1997. Sin embargo, la fórmula Black-Scholes también dio lugar a uno de los desastres más sonados en la historia de los mercados de valores. En 1998, el fondo de inversión gestionado por Scholes y Merton de Capital a Largo Plazo se declaró en quiebra con pérdidas de casi tres mil millones de dólares que amenazaron la estabilidad financiera en todo el mundo. Paradójicamente, estas pérdidas se atribuyeron a las limitaciones de los modelos utilizados por los académicos. La similitud fonética de Black Shoals y Black-Scholes subraya el hermetismo y la falta de transparencia de las nuevas finanzas cuantitativas. Mediante la transposición de Sholes por Shoals (banco de arena, aguas poco profundas), el título hace referencia al peligro que las costas rocosas constituyen para los barcos. La oscuridad, las tormentas y los naufragios son las imágenes que vienen a la mente, y apuntan claramente al fondo de inversión de Capital a Largo Plazo.








domingo, 22 de julio de 2012

Diálogo clínico


-Cuál diría que es su primer recuerdo consciente.


-Bueno, no sé cómo decirlo sin resultar ofensivo.


-No se preocupe. Usted está pagando un montón de dinero. Yo siempre digo a mis pacientes que si pagan tanto dinero lo menos que pueden hacer es permitirse el pequeño lujo de sincerarse conmigo.


-Bueno, mi primer recuerdo consiste más bien en una certeza, la de que toda la gente que me rodeaba era imbécil. Es un pensamiento que me ha acompañado durante toda mi vida. Veo imbéciles por todas partes, en los restaurantes, en los ascensores, en las fiestas de cumpleaños, en los aviones. Imbéciles tumbados en la arena de la playa. Gastamos cantidades enormes de dinero en cohetes espaciales que llevan imbéciles al espacio. Así es como yo lo veo.  


-…


-Es algo así como esas películas donde el personaje protagonista se mueve entre gente aparentemente normal pero que resultan estar poseídos por un espíritu demoníaco y ese descubrimiento terrible no ocurre al principio, ni siquiera en un momento en el que haya posibilidad de escapar, sino que ese descubrimiento es precisamente el final de la película.


-¿Podría definirme imbécil?


El hombre que acaba de hacer la pregunta cómodamente sentado en una silla modelo Swan, de Arne Jacobsen, entrecomilla la última palabra con la pronunciación que uno usaría ante alguien que experimenta dificultades para comprender nuestro idioma.


-Bueno, imbécil es todo aquel que carece de la suficiente sensibilidad como para darse cuenta de que lo es.


-…


-Creo que es una buena definición.


El hombre que reposa en una silla modelo Swan, de Arne Jacobsen, pierde la mirada en algún punto más allá del cuadro Audrey Hepburn de Ikea que cuelga justo en la pared de enfrente al tiempo que sostiene su mentón en el típico gesto de un hombre que medita buscando la solución de un problema.


-Resulta paradójico. Es una de esas paradojas autorreferenciales. O bien uno es inconscientemente idiota o, si es consciente de ello, no por esa razón deja de serlo. ¿No es cierto?


-Básicamente eso era lo que quería decir. La diferencia está entre el imbécil autoconsciente y el imbécil inconsciente.


-Y usted, ¿en qué grupo se incluiría?


-Entre los primeros.


-Lo cual no excluye que usted sea un imbécil.


-Por supuesto que no.


-Incluso yo podría serlo.


-…


-Todos somos imbéciles, entonces.


-No es nada personal. Si hacemos uso de la lógica resulta evidente.


-Incluso reconfortante.


-Yo no diría eso. Los imbéciles inconscientes son peligrosos. Son la mayoría. A esos es a los que me refería al principio. Puedo olerlos. He desarrollado un sexto sentido para identificarlos. Gasto ingentes cantidades de energía tratando de evitarlos.


-¿Cuál diría que es el porcentaje de la población que pertenece a ese grupo?


-Más del noventa por ciento de la población española. El porcentaje desciende si hablamos del extranjero.


El hombre que reposa en el diván mirando al techo empieza a sentirse realmente cómodo. Echa un vistazo al cuadro neoyorkino y al cuadro londinense de Ikea. Le gustan esos cuadros. Hay algo en esos cuadros que genera un sentimiento automático de adhesión y paz interior.


-Intuyo que usted otorga algún tipo de ventaja a aquellos que viven más allá de nuestras fronteras.


-Hablar idiomas extranjeros es algo así como un atenuante. No hablar español resulta beneficioso. Creo que el español es un idioma que predispone a la estupidez. Si habláramos inglés o chino todo sería más fácil.


-¿Podría describirme cuáles son los beneficios del imbécil autoconsciente? ¿Piensa en algún tipo de superioridad respecto al imbécil… más corriente?


El hombre tumbado en el diván parece tomarse su tiempo. Apoya un pie contra el otro y se recrea en la tibieza que emana la fricción de sus calcetines de pura lana.


-El idiota autoconsciente resulta ridículo. No puede desprenderse de la sensación continua de ridículo. El idiota inconsciente resulta peligroso para los demás, pero el idiota autoconsciente resulta un peligro solo para sí mismo.


-Por eso está usted aquí.


-Básicamente.


-Siente que usted es un peligro para sí mismo.


-Eso creo. Hasta ahora me beneficiaba de mi autoconciencia, pero ha llegado un momento en el que dicha autoconciencia me perjudica. Yo lo veo como la victoria definitiva de los imbéciles inconscientes, como el inicio de una época si cabe más oscurantista. El entorno ha mutado y eso me perjudica. Temo no poder adaptarme a este nuevo hábitat. Me veo como una especie en peligro de extinción.


-¿Puedo preguntarle a qué se dedica?


-Trading. Compra venta de productos financieros.


-Suena interesante.


-Lo fue, en algún momento.

domingo, 17 de junio de 2012

Yo siempre regreso a los pezones... y Antibiótico

Creo que hay que celebrar la reedición de Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (Alfaguara 2011), editado por primera vez en 2001. Reconozco que lo he (re)leído en paralelo con su último libro Antibiótico, publicado en Visor casi al mismo tiempo que la reedición del primero. Son el primer y el último libro de Agustín Fernández Mallo, y dicha lectura me ha permitido hacerme cargo no de la evolución (descarto esa palabra en casi cualquier circunstancia y, desde luego, siempre que hablo de arte) sino de cómo un autor (en este caso Agustín) extrae materiales de lo que ha quedado por decir en todos sus libros anteriores, como si traer libros al mundo no fuese sino una sucesión de ondas analógicas que buscan colmar huecos y temas que permanecen latentes en la escritura de esa primera obra a la que de algún modo siempre se regresa. Dejo aquí un poema de cada uno de estos libros. Lamento que el procesador de blogger no pueda recrear la ecuación de Dirac en el primero de ellos.
  


Bordeo el asunto. Trazo círculos. Tropiezo con los círculos. Tampoco valen las elipses, ni esa trampa en movimiento llamada espiral. Ensayo otros accesos: la ecuación, la palabra, recuerdo a Wittgenstein: ni una sola palabra rozará la realidad sin que ambas ardan o estallen, recuerdo a Dirac:  [sin comentarios]. Y me alejo. Mi sombra se alarga, interina, hasta el centro de aquellos dominios que habré visitado fantasmal, pictóricamente. [También puedo decir, si quiero: cada margen tiene su margen, pero esto, por obvio, requeriría demasiados comentarios.]

  

Definición: llamamos poema a una superficie continua,
dotada de un punto de fuga, derivable en todo el espacio,

y en la que se pueden definir las operaciones

adición
       sustracción

                 multiplicación
                                   división,

y que además posee un elemento neutro que
puede ser el 0,

el 1,
o el propio poeta,

si se da la circunstancia de que en algún lugar de esa superficie
el elemento neutro es el propio poeta, entonces

éste ha desaparecido de la obra y la llamamos

obra maestra

sábado, 26 de mayo de 2012

Dos cúspides

De lo que llevo leído este año no me cabe duda de que hay dos libros que destacan de modo  impepinable sobre el resto, cada cual diverso del otro, como las dos cúspides simétricas del Olimpo. Estos son El perseguido, de Daniel Guebel, recientemente reeditado por El Desvelo, y El libro uruguayo de los muertos, sin lugar a dudas la mejor obra de Mario Bellatin, publicado en Sexto Piso.



Os dejo aquí un fragmento de El perseguido:


“Rompí con mi grupo, entré en una empresa de agentes de la Bolsa, conocí todas las variables de la economía y terminé armando mi propio emporio. El negocio de la especulación monetaria es una gran fachada montada sobre la nada, allí estriba su atracción. Para la mayoría de las personas sólo lo ilusorio es cierto. Me convertí en un financista próspero, un experto en apoderarme del dinero ajeno. Fundé falsas sociedades mixtas, organicé fondos de inversión, trafiqué bonos basura, compré deuda externa, papeles de pensión. Cada una de mis operaciones arruinó a cientos, miles de personas.”

¿Cínico? ¿Contradictorio? No.

“Al crearles por la vía del despojo una evidencia de la injusticia de las relaciones sociales, a estos pobres infelices, mis víctimas, les generé las condiciones objetivas de existencia de su conciencia de clase y corté de cuajo con la posibilidad de que siguieran interpretando falsamente su situación. ¿Qué buscaba con esto? ¡Mi sueño era una obra maestra de la didáctica dialéctica! ¡Yo quería morir fusilado por mis revolucionarios el día de la toma del Poder! Pero algo salió mal. Los Aparatos del Estado funcionan: mis éxitos financieros me habían vuelto famoso y los medios conservadores aprovecharon para convertirme en el emblema del progreso. Yo salía en las tapas de las revistas, Holas y Caras me exponían como un ejemplo de la dinámica capitalista. Encima, mis explotados querían ser como yo. ¡Luché como nadie para resistir ese triunfo paradojal! Pero el capitalismo era más fuerte. Y  además, cometí otro error: en mi condición modélica me sentía invulnerable y bajé las guardia justo cuando los ojos de la mosca de los Organismos de Inteligencia se posaban sobre mí.”