La crisis lo confunde todo. Me
despego un palmo de mí mismo y veo a un ser anonadado. Es como alguien que de
repente pierde la fe. Es como leer a Nietzsche con dieciocho años, pero sin el
entusiasmo de leer a Nietzsche con dieciocho años. Mi mente se parece a una
nebulosa y los estados nebulosos, como se sabe, escapan al principio de no
contradicción. O sea, que puedo pensar y sentirme dos cosas al mismo tiempo.
Soy como la moral de un príncipe heredero, pero sin nada que heredar. A veces
cuento los dedos de mi mano. Siguen siendo cinco, y resulta consolador. Siento
que alguien me ha traicionado pero no pongo rostro al culpable. Se parece a mí
pero no soy yo. Tiene cuatro años y me mira desde una fotografía en blanco y
negro. Frunce el entrecejo porque sabe que le espero en un futuro que ya es
este presente. Me recrimina algo. Eres estúpido, dice. Te vas a creer todos y
cada uno de los cuentos que te cuenten de aquí hasta tus treinta años. No
pierdas esta foto, llévala contigo. Soy tu ángel de la guarda, tu particular
ángel de la historia. De tu historia. Soy la versión depauperada de ese niño
sabio, la confirmación de la segunda ley de la termodinámica. Un cerebro en
desorden. Un desorden de palabras. Escribir es una costumbre, un lugar al que
volver, un ciclo consolador como las estaciones y los cumpleaños. Solo se
requiere de un poco de tiempo y de un escueto rincón. Pero hay ruido, demasiado
ruido. Las cosas proliferan y apenas dejan espacio. Cuesta arrancarle al
balbuceo de la actualidad una página en blanco.
sábado, 22 de septiembre de 2012
lunes, 27 de agosto de 2012
Aplicación Hopper
Creo que existe un filtro Hopper,
igual que existe un filtro Valencia o un filtro Walden (Instagram). Retiro lo
dicho. No hay un filtro Hopper, sino varios, y la obra del pintor
norteamericano es en sí misma una aplicación que sirve para mirar al mundo y
sonsacarle a su misterio un puñado de hermosas imágenes. He aquí algunos de los
filtros que se me ocurren a botepronto de esa aplicación Hopper, de esa máquina
Hopper.
1.-Filtro giro romántico de
noventa grados. Tomemos un cuadro de Caspar Friedrich. Mejor dicho, imaginemos
que somos Caspar Friedrich, un Caspar Friedrich del siglo XX. Decidimos
entonces que, en lugar de representar a nuestros personajes de espaldas y
observando un paisaje imponente, los representaremos al bies, mirando algo
desconocido que no figurará en el cuadro. Eso desconocido implica a la
imaginación del espectador. Puede ser algo banal, probablemente lo sea. Tampoco
descarto lo maravilloso. De hecho yo opino que todos los seres de este mundo
son maravillosos. El de Hopper es un romanticismo inmanente y elíptico, el
único disponible en los tiempos que corren.
2.-Filtro Espinario. En muchos
cuadros de Hopper la apariencia de sus protagonistas es de ensimismamiento.
Hombres y mujeres (sobre todo mujeres) absortos en una tarea que reclama toda su
atención, algo que produce una curiosidad insoslayable en el espectador, un
efecto de inmersión, un deseo imperioso de ubicarse en lugar del personaje.
3.-Filtro Laocoonte. Casi todos
los cuadros de Hopper parecen fotogramas perdidos de alguna película. Reflejan
momentos pregnantes, el punto de tangencia entre un arte del espacio (la
pintura) y un arte del tiempo (el cine). Lessing estaría orgulloso de Hopper. Hay una
historia detrás de cada cuadro de Hopper. Por eso Hopper le gusta tanto a
tantos escritores.
4.-Filtro Psicosis. Creo que
Hopper es fundamentalmente un paisajista. Hasta cuando aparecen personas en sus
cuadros la impresión es la de estar contemplando un paisaje. Los cuadros de Hopper
nos dicen qué le ocurre a las cosas cando se quedan solas. Los cuadros de
Hopper parecen hablar de un mundo postapocalíptico en el que ya no quedan seres
humanos. Es terrible. Las cosas se han librado de nosotros, de esos seres que
creían saber cómo eran y en qué consistían, y ahora pueden mostrarse libremente, exhibir ante
un mundo despoblado toda la siniestra poesía que llevaban dentro.
jueves, 9 de agosto de 2012
Batman o la vacuna contra la revuelta
No hay ninguna duda de que la saga Batman de Christopher
Nolan funciona como una especie de laboratorio simbólico donde los personajes
representan fuerzas y valores que entroncan con lo más profundo de la psique individual
y –digamos- social. Sus películas están dotadas de ese onirismo que confunde si
cabe aún más a los psicóticos atraídos por la violencia, incapaces de distinguir
la ficción de la realidad, hasta tal punto que en Estados Unidos ir a ver
Batman a una sala de cine parece haberse convertido en un comportamiento de
alto riesgo. Resulta reiterativo (y sintomático), por ejemplo, el uso que hace Nolan del tópico antropológico
del chivo expiatorio. El director se diría heredero de las teorías de René
Girard que, como se sabe, convierte al chivo expiatorio en una de las claves de
bóveda de su pensamiento (monótono pero resultón, todo hay que decirlo) y que
sirve para justificar ‘científicamente’ las bondades del cristianismo. Nolan
trae a la palestra cuestiones antropológicas que parecieran desfasadas y latentes
y que sin embargo forman parte –más o menos oculta- de nuestro día a día. Basta
seguir las noticias para darse cuenta de hasta qué punto resulta útil
políticamente la estigmatización de colectivos (controladores aéreos,
funcionarios, o lo que se tercie) para justificar medidas impopulares. Mi objeción
proviene precisamente de la presentación acrítica de dicho recurso. Recordemos
que, en esencia, tanto Harvey Dent como el propio Batman resultan chivos
expiatorios que sirven para mantener el status quo, catalizadores para
escapar al caos. De hecho creo que la última entrega de la saga constituye una
elaborada vacuna simbólica contra los ímpetus revolucionarios que flotan en el
ambiente. Es difícil que el espectador no se identifique con la toma de La
Bolsa por parte de Bane y sus secuaces o con el deseo de juzgar a los corruptos y redistribuir la
riqueza. Pero la identificación pronto se torna rechazo cuando Bane muestra a
las claras su vocación terrorista y genocida, algo que funciona como aviso y
objeción para aquellos que buscan cambiar las cosas y que podría traducirse en
algo así como ‘ojo, que tras la revuelta contra la injusticia aguarda el caos y
una injusticia aún mayor’. Así Bane podría ser Juan Manuel Sánchez Gordillo, el
diputado de IU en el Parlamento Andaluz que asaltó hace unos días un
supermercado de Mercadona, o el propio Zizek, si nos ponemos cosmopolitas y
rimbombantes. Ya se sabe, lo mejor es que todo cambie para que todo siga igual.
Lo importante es poderse pagar un viaje a Florencia y sentarse en una cafetería
junto al Arno; y si en la mesa de al lado están Batman y su chica, mejor que
mejor.
lunes, 6 de agosto de 2012
La imposibilidad de la política
Cada vez resulta más constatable la imposibilidad de
hacer política. La urgencia en la toma de decisiones motivada por la crisis
económica elimina una de las condiciones necesarias del ejercicio de la política, esto
es, la perspectiva del medio y largo plazo y cierto decalage respecto a los acontecimientos de todo tipo que abastecen
lo cotidiano. Hubo un momento en el que la disposición de las estrellas servía
para tomar decisiones. Cierto que algunas actuaciones (la respuesta a una
agresión externa, el remedio a una plaga) requerían la respuesta urgente de un oráculo o un arúspice pero todo ello
admitía como trasfondo una conciencia temporal que aspiraba a lo perdurable. En
nuestros días son los vaivenes de la bolsa y de la conocida prima de riesgo los
que determinan la actuación política. La diferencia de escala temporal entre
los movimientos bursátiles (que transcurren en décimas de segundo) y los ciclos
sociales (que se miden en años y legislaturas) produce el indeseable resultado del cortocircuito de la política. Es como si toda
una cultura pretendiera gobernarse según el azar del movimiento browniano, algo
que genera un estrés difícilmente sobrellevable por parte de sus confundidos
ciudadanos. Algunos net.artistas como Lise Autogena y Joshua Portway han
conseguido plasmar a mi parecer de un modo bastante efectivo lo dicho
anteriormente. Ambos son los creadores de Black/Shoals Market Planetarium, una
representación en tiempo real de la evolución de 10000 empresas de valores.
Cada corporación es representada en el planetario por una estrella cuyo brillo
dependerá de su cotización en ese momento, mientras que las constelaciones se
dibujan atendiendo a la afinidad comercial de dichas empresas. Dicha obra se
expuso por primera vez en la galería de
la Tate Modern de Londres en 2001 y fue nominada al Premio Turner Alternativo
en 2002. Su título pretende rendir un irónico homenaje a la conocida fórmula de
Black-Scholes que permite cuantificar el valor de una acción de bolsa y por el
que sus creadores (pertenecientes a la famosa escuela de Chicago) fueron
recompensados con el premio Nobel de economía en 1997. Sin embargo, la fórmula
Black-Scholes también dio lugar a uno de los desastres más sonados en la
historia de los mercados de valores. En 1998, el fondo de inversión gestionado
por Scholes y Merton de Capital a Largo Plazo se declaró en quiebra con pérdidas
de casi tres mil millones de dólares que amenazaron la estabilidad financiera
en todo el mundo. Paradójicamente, estas pérdidas se atribuyeron a las
limitaciones de los modelos utilizados por los académicos. La similitud
fonética de Black Shoals y Black-Scholes subraya el hermetismo y la falta de
transparencia de las nuevas finanzas cuantitativas. Mediante la transposición
de Sholes por Shoals (banco de arena, aguas poco profundas), el título hace
referencia al peligro que las costas rocosas constituyen para los barcos. La
oscuridad, las tormentas y los naufragios son las imágenes que vienen a la
mente, y apuntan claramente al fondo de inversión de Capital a Largo Plazo.
domingo, 22 de julio de 2012
Diálogo clínico
-Cuál diría que es su primer
recuerdo consciente.
-Bueno, no sé cómo decirlo sin
resultar ofensivo.
-No se preocupe. Usted está pagando
un montón de dinero. Yo siempre digo a mis pacientes que si pagan tanto dinero
lo menos que pueden hacer es permitirse el pequeño lujo de sincerarse conmigo.
-Bueno, mi primer recuerdo consiste
más bien en una certeza, la de que toda la gente que me rodeaba era imbécil. Es
un pensamiento que me ha acompañado durante toda mi vida. Veo imbéciles por
todas partes, en los restaurantes, en los ascensores, en las fiestas de
cumpleaños, en los aviones. Imbéciles tumbados en la arena de la playa.
Gastamos cantidades enormes de dinero en cohetes espaciales que llevan
imbéciles al espacio. Así es como yo lo veo.
-…
-Es algo así como esas películas
donde el personaje protagonista se mueve entre gente aparentemente normal pero
que resultan estar poseídos por un espíritu demoníaco y ese descubrimiento
terrible no ocurre al principio, ni siquiera en un momento en el que haya
posibilidad de escapar, sino que ese descubrimiento es precisamente el final de
la película.
-¿Podría definirme imbécil?
El hombre que acaba de hacer la
pregunta cómodamente sentado en una silla modelo Swan, de Arne Jacobsen, entrecomilla
la última palabra con la pronunciación que uno usaría ante alguien que
experimenta dificultades para comprender nuestro idioma.
-Bueno, imbécil es todo aquel que
carece de la suficiente sensibilidad como para darse cuenta de que lo es.
-…
-Creo que es una buena definición.
El hombre que reposa en una silla
modelo Swan, de Arne Jacobsen, pierde la mirada en algún punto más allá del
cuadro Audrey Hepburn de Ikea que cuelga justo en la pared de enfrente al tiempo
que sostiene su mentón en el típico gesto de un hombre que medita buscando la
solución de un problema.
-Resulta paradójico. Es una de esas
paradojas autorreferenciales. O bien uno es inconscientemente idiota o, si es
consciente de ello, no por esa razón deja de serlo. ¿No es cierto?
-Básicamente eso era lo que quería
decir. La diferencia está entre el imbécil autoconsciente y el imbécil
inconsciente.
-Y usted, ¿en qué grupo se
incluiría?
-Entre los primeros.
-Lo cual no excluye que usted sea
un imbécil.
-Por supuesto que no.
-Incluso yo podría serlo.
-…
-Todos somos imbéciles, entonces.
-No es nada personal. Si hacemos
uso de la lógica resulta evidente.
-Incluso reconfortante.
-Yo no diría eso. Los imbéciles
inconscientes son peligrosos. Son la mayoría. A esos es a los que me refería al
principio. Puedo olerlos. He desarrollado un sexto sentido para identificarlos.
Gasto ingentes cantidades de energía tratando de evitarlos.
-¿Cuál diría que es el porcentaje
de la población que pertenece a ese grupo?
-Más del noventa por ciento de la población
española. El porcentaje desciende si hablamos del extranjero.
El hombre que reposa en el diván
mirando al techo empieza a sentirse realmente cómodo. Echa un vistazo al cuadro
neoyorkino y al cuadro londinense de Ikea. Le gustan esos cuadros. Hay algo en
esos cuadros que genera un sentimiento automático de adhesión y paz interior.
-Intuyo que usted otorga algún tipo
de ventaja a aquellos que viven más allá de nuestras fronteras.
-Hablar idiomas extranjeros es algo
así como un atenuante. No hablar español resulta beneficioso. Creo que el
español es un idioma que predispone a la estupidez. Si habláramos inglés o
chino todo sería más fácil.
-¿Podría describirme cuáles son los
beneficios del imbécil autoconsciente? ¿Piensa en algún tipo de superioridad
respecto al imbécil… más corriente?
El hombre tumbado en el diván
parece tomarse su tiempo. Apoya un pie contra el otro y se recrea en la tibieza
que emana la fricción de sus calcetines de pura lana.
-El idiota autoconsciente resulta
ridículo. No puede desprenderse de la sensación continua de ridículo. El idiota
inconsciente resulta peligroso para los demás, pero el idiota autoconsciente
resulta un peligro solo para sí mismo.
-Por eso está usted aquí.
-Básicamente.
-Siente que usted es un peligro
para sí mismo.
-Eso creo. Hasta ahora me
beneficiaba de mi autoconciencia, pero ha llegado un momento en el que dicha
autoconciencia me perjudica. Yo lo veo como la victoria definitiva de los
imbéciles inconscientes, como el inicio de una época si cabe más oscurantista.
El entorno ha mutado y eso me perjudica. Temo no poder adaptarme a este nuevo
hábitat. Me veo como una especie en peligro de extinción.
-¿Puedo preguntarle a qué se
dedica?
-Trading. Compra venta de productos
financieros.
-Suena interesante.
-Lo fue, en algún momento.
domingo, 17 de junio de 2012
Yo siempre regreso a los pezones... y Antibiótico
Creo que hay que celebrar la reedición de Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (Alfaguara 2011), editado por primera vez en 2001. Reconozco que lo he (re)leído en paralelo con su último libro Antibiótico, publicado en Visor casi al mismo tiempo que la reedición del primero. Son el primer y el último libro de Agustín Fernández Mallo, y dicha lectura me ha permitido hacerme cargo no de la evolución (descarto esa palabra en casi cualquier circunstancia y, desde luego, siempre que hablo de arte) sino de cómo un autor (en este caso Agustín) extrae materiales de lo que ha quedado por decir en todos sus libros anteriores, como si traer libros al mundo no fuese sino una sucesión de ondas analógicas que buscan colmar huecos y temas que permanecen latentes en la escritura de esa primera obra a la que de algún modo siempre se regresa. Dejo aquí un poema de cada uno de estos libros. Lamento que el procesador de blogger no pueda recrear la ecuación de Dirac en el primero de ellos.
Bordeo el asunto. Trazo círculos. Tropiezo con los círculos. Tampoco valen las elipses, ni esa trampa en movimiento llamada espiral. Ensayo otros accesos: la ecuación, la palabra, recuerdo a Wittgenstein: ni una sola palabra rozará la realidad sin que ambas ardan o estallen, recuerdo a Dirac:
Definición: llamamos poema a una superficie continua,
dotada de un punto de fuga, derivable en todo el espacio,y en la que se pueden definir las operaciones
adición
sustracción
multiplicación
división,
y que además posee un elemento
neutro que
puede ser el 0,
el 1,
o el propio poeta,
si se da la circunstancia de que en algún lugar de esa
superficie
el elemento neutro
es el propio poeta, entonceséste ha desaparecido de la obra y la llamamos
obra maestra
sábado, 26 de mayo de 2012
Dos cúspides
De lo que llevo leído este año no me cabe duda de que hay dos libros que destacan de modo impepinable sobre el resto, cada cual diverso del otro, como las dos cúspides simétricas del Olimpo. Estos son El perseguido, de Daniel Guebel, recientemente reeditado por El Desvelo, y El libro uruguayo de los muertos, sin lugar a dudas la mejor obra de Mario Bellatin, publicado en Sexto Piso.
Os dejo aquí un fragmento de El perseguido:
“Rompí con mi grupo, entré en una
empresa de agentes de la Bolsa, conocí todas las variables de la economía y
terminé armando mi propio emporio. El negocio de la especulación monetaria es
una gran fachada montada sobre la nada, allí estriba su atracción. Para la
mayoría de las personas sólo lo ilusorio es cierto. Me convertí en un
financista próspero, un experto en apoderarme del dinero ajeno. Fundé falsas sociedades
mixtas, organicé fondos de inversión, trafiqué bonos basura, compré deuda
externa, papeles de pensión. Cada una de mis operaciones arruinó a cientos,
miles de personas.”
¿Cínico? ¿Contradictorio? No.
“Al crearles por la vía del
despojo una evidencia de la injusticia de las relaciones sociales, a estos
pobres infelices, mis víctimas, les generé las condiciones objetivas de
existencia de su conciencia de clase y corté de cuajo con la posibilidad de que
siguieran interpretando falsamente su situación. ¿Qué buscaba con esto? ¡Mi
sueño era una obra maestra de la didáctica dialéctica! ¡Yo quería morir
fusilado por mis revolucionarios el día de la toma del Poder! Pero algo salió mal. Los Aparatos del
Estado funcionan: mis éxitos financieros me habían vuelto famoso y los medios
conservadores aprovecharon para convertirme en el emblema del progreso. Yo salía
en las tapas de las revistas, Holas y
Caras me exponían como un ejemplo de
la dinámica capitalista. Encima, mis
explotados querían ser como yo. ¡Luché como nadie para resistir ese triunfo
paradojal! Pero el capitalismo era más fuerte. Y además, cometí otro error: en mi condición
modélica me sentía invulnerable y bajé las guardia justo cuando los ojos de la
mosca de los Organismos de Inteligencia se posaban sobre mí.”
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